Martes, 25 de mayo

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Hoy estaba recogiendo mi cuarto. E inevitablemente, salió del abismo esta libreta, justo como cada vez que ordeno un poco la habitación (generalmente cada mes, y solo porque mi madre me presiona). La libreta en sí, es la muestra del paso del tiempo y de sus pocas condescendencias. Las hojas algo dobladas, las líneas de separación de renglones casi anuladas por la esencia blanca de la hoja misma. Estoy considerando, incluso, que tiene alguna clase de moho en las páginas de atrás. Huele a humedad, a viejo, y a tinta. Es un olor particular, que por más extravagante que suene, no me desagrada.

La libreta se hace cada vez más senil, esperando a que alguien la note, que alguien entienda la necesidad natural de compartir su alma con el grafito o con la volubilidad de una pluma. Sentí lastima por ella. Y como nunca he sido especialmente bueno con las ideas, se me ocurrió algo de lo más común. Hacer un diario. Nunca he intentado hacer uno, realmente. Hasta hace poco, sentía una pesadez en la mano cada vez que trataba de escribir algo, como si alguien hubiera inyectado cemento en mis venas y se petrificara cuando trataba de hacer algo provechoso y fino con mi extremidad derecha. Esa es la razón por la que rara vez tomo notas en clase. Mamá y papá estarían muy decepcionados de leer esto. Aunque la verdad, quizá ya no puedo decepcionarlos más.

En fin, no estaba hablando de mis padres. 

Junio |EN EDICIÓNHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora