Domingo, 6 de junio

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Salieron a revisar algo de la empresa, y tuve oportunidad de buscar mi teléfono. Lo encontré, descargado y frío. Recargué su alma de litio, y por fin pude acceder a los mensajes.

Lamentablemente, ninguno era de ella.

Dejé el teléfono en el lugar donde lo había encontrado, y me senté en el gélido piso, con la espalda y la cabeza recargadas en el colchón. Pensé en quedarme ahí, tumbado, melancólico y solo. Mas una idea impulsiva me obligó a buscar mis llaves.

Me tomó un rato, pero por fin las encontré en uno de los abrigos. Recordé que no volverían sino hasta pasadas las cuatro de la tarde. Así que, sin cautela y con mucho apuro, salí de mi cárcel y me encaminé al parque, no sin antes tomar esta libreta y una pluma. Es enajenado pensar en cómo de un bolígrafo de dos pesos pueda brotar tinta y más tinta de grandes ideas. Es curioso cómo, en un pedazo de papel puedan pasar mil y un hazañas, mil y dos pensamientos, y mil tres palabras.

Estoy, ahora mismo, en el parque que está a tres cuadras de la casa. Veo a lo lejos a una mujer paseando su fastidioso French Poodle, que no para de ladrarle al Pastor Alemán de una casa aledaña. Pero, pese al ruido, pese a cualquier distracción, mi mente está, extrañamente, enfocada en el acto de escribir. Es como si, al escribir, entrara en un estado imperturbable y, paradójicamente, en una catarsis total de mi alma.

Disfruto ver mi mano sostener la pluma, y a la pluma apoyarse y bailar sobre el papel, sobre los engañosos renglones. Encuentro una curiosa fascinación por el trazo de las letras, como si cada vez fuera una primera cita con una joven de sublime belleza. Es gracioso.

Oh, maldición. Esto me hace pensar una vez más en Sabrina.

De nuevo siento el pecho vacío, y la garganta llena de lágrimas. Por el vacío que hay en mí, botes de aire pasan, vuelan, y yo ya asumí a donde se irán a vivir. Se estancarán en el charco triste de mi cerebro, esperando a los demás navegantes, mientras siembran algas de la melancolía y soledad.

Han pasado muy pocos días desde que se fue, pero se siente como si ya fuera una eternidad. A lo mejor tiene que ver con su falta de respuesta, o quizá con el pedazo de pecho que me robó cuando me abandonó. No lo sé. Ni siquiera sé si importa conocer el motivo. Tal vez, lo único que puedo hacer, de ahora en adelante, es acostumbrarme a esta eternidad.

De cualquier manera, yo sabía que esto iba a terminar una vez que acabaran las clases. Ella se iría, y yo me quedaría aquí, soportando la mediocridad de mi vida. Eso me lleva a pensar que, de algún modo, yo esperaba que siguiera enamorada de mí, aun estando a la distancia. Que tendría mi teléfono atiborrado de sus mensajes, y que tal vez, durante las vacaciones, ella viniera, y pudiéramos acostarnos una vez más.

¡Menudo idiota que soy! ¿Qué es lo que, en este mundo, me hizo pensar que ella quería seguir comiendo migajas de mi mano? ¿Qué me hizo pensar, que solo yo podría darle felicidad? ¿Qué pasaba por mi cabeza cuando creí que era yo el único?

Supongo que, la respuesta es, que simplemente, creí que ella estaría aquí para siempre.

Cuánto duele el olvido.

Y como duele abrazar al viento. 

Junio |EN EDICIÓNHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora