Miércoles 2 de junio

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La línea que escribí ayer. ¡Dios!

Debería empezar a contar desde el inicio del día, para que entiendas, libreta mía, el por qué se me imposibilitó el escribir ayer.

El día empezó normal. No, es más. Fue una rareza entre los días, una joya entre la semana. La casa estaba en calma. Había bajado a desayunar, y mi madre no estaba. Tampoco, como has de imaginar, estaba mi padre. Ambos estaban dormidos. ¿Y cómo no iban a estarlo? Eran las cinco de la mañana.

Como tenía tiempo de sobra, me puse a revisar mi teléfono. Una de las publicaciones era de Sabrina. Era una foto en la que salía abrazada con un joven de complexión robusta, alto, moreno, fornido, cualidades de las que carezco. Me llamó la atención uno de los comentarios que hicieron acerca de esa publicación.

En resumen, Sabrina ya encontró a alguien más. Si no es que ya lo tenía, simultáneamente.

Creí que Sabrina no me importaba, juraba que solo era una molestia para mí. Pero, a decir verdad, no pude evitar sentir una rabia innegable en contra de ella. ¿Realmente era el único que jugaba con el otro? Me he cuestionado una y otra vez lo mismo. Y luego me digo a mí mismo: ¿Qué importa? De cualquier manera, nunca fuimos nada. O, mejor dicho, yo nunca quise que fuéramos algo. Y es aquí donde me pregunto... ¿Por qué no? ¿Por qué no quise ser feliz junto a Sabrina?

Ella, oh ella, la chica que hace unos días era mía, es ahora, de alguien más.

¿Por qué siempre la aparté? ¿Por qué nunca le di un lugar seguro a mi lado? ¿Por qué la consideraba una molestia cuando, la verdad, es que ella me amaba? ¿Y por qué ahora, que la veo con alguien más, me hierve la sangre y me dan ganas de llorar?

Tengo la respuesta a todo eso. Porque soy un estúpido malagradecido. Sí. Nuevo adjetivo. Estúpido.

La llamé pese a que era temprano. No cogió ninguna de mis llamadas. Dicen que la tercera es la vencida, y así fue. Sin embargo, en este caso, la vencida fue para mí. Dejé el teléfono a un lado.

Me fui a la escuela temprano, con la esperanza de verla. No obstante, su ausencia la sustituía. Le pregunté a Camila, una de sus amigas, qué era lo que le había pasado.

–¿No te lo dijo? Ya no está aquí, adelantó su vuelo porque tiene que arreglar algunas cosas.

Diecisiete palabras. Diecisiete palabras que me partieron el alma.

–Oh. Ya veo. Gracias.

Fueron mis únicas palabras.

Sabrina.

Sabrina.

¡Sabrina!

¿Por qué me abandonaste, Sabrina? ¿Por qué nunca me dijiste nada? ¿Por qué no me pediste hablar después de nuestro acto carnal?

Oh, Sabrina. Tan inteligente desde siempre. Acabo de pensar... ¿Y si lo hiciste para vengarte de mí?

¿Es eso, Sabrina?

Junio |EN EDICIÓNHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora