Sábado, 12 de junio

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En muchas ocasiones me había cuestionado si alguien pudiese llegar a sentir lo mismo que yo. Las palabras de Junio aún no se me van de la mente. Están clavadas cual estaca en la carne.

Hoy no vino a trabajar. Pero sí vino a otra cosa. Resulta que, al parecer, a Rosa le agradan los regalos. Quizá es porque le caiga bien, o solo porque quiera ganársela, pero hoy llegó temprano y descendí a saludarla, como si fuera una mera casualidad.

Sonriendo, Rosa le agradeció. Ella dijo "no hay de qué", mientras la anciana se metía a la casa.

—¿Cómo sigues? —cuestioné.

Forzó una sonrisa mientras evitaba mis ojos.

—¿Bien es una respuesta satisfactoria?

—Me importa un comino lo satisfactorio. ¿De verdad estás bien? —tal vez es porque, cuando veo a Junio, y veo su malestar, me veo a mí mismo. Y aunque apenas ayer nos conocimos cara a cara, y supimos poco de ambos, siento como si ese ‹‹poco››, como si ese adjetivo, no tuviera relevancia. A veces ‹‹poco›› no tiene que ser sinónimo de insustancial. Mi pecho sintió, y sigue sintiendo, como si esa brevedad, fuera un atisbo al abismo en su interior, como si un hielo se hubiese quebrado y dejara ver el oscuro y gélido océano debajo de sí.

Bufó, resignada.

—No. ¿Y tú?

No quise darle un pedazo superficial, no quise mentirle como lo hacía con otros.

—No. No del todo. —dije. Y entonces fui yo quien desvió la mirada.

La tía volvió. Traía consigo cajas de huevo. Debían de ser dos docenas. Omitiendo los detalles de una cortés discusión entre ambas acerca de si era necesario o no que se llevara los huevos, como muestra del agradecimiento de Rosa, finalmente se decidió que así sería. Junio mencionó que había llegado sola. Rosa no dudó ni un instante al decir:

—Acompáñala al lago. De ahí te regresas.

—Bueno, pero... ¿cómo accedo al lago? —pregunté. La anciana chasqueó la lengua, llena de hastío, y luego bufó. —¡Hace menos de una semana que llegué aquí y no he salido de esta granja! —protesté en mi defensa.

Soltó un improperio en mi contra, y después imperativa bramó que fuéramos todos. ‹‹Sirve de que conozcas››, añadió, resignada. Dio media vuelta, y anunció que iría a cerrar la casa.

Cuando se alejó, Junio se rio entre dientes. La miré, algo irritado, y me devolvió la mirada. La apartó otra vez apenas empezó a reírse de nuevo. ¿Qué era tan divertido?

—Lo siento. Es que Rosa es siempre de esa manera. Deberías regalarle algo y así te la ganas.

Miré al horizonte, ignorando conscientemente su propuesta.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí?

Alzó la vista hacia el cielo, mientras hacía cálculos con los dedos.

—Cosa de un mes. —declaró. Hizo una pausa, y volvió. —A propósito, ¿cuánto tiempo te quedarás?

—Si la vida lo permite, no más de dos meses. —dije, aunque ya no sé dónde estoy mejor, si en medio de la nada, o en medio del caos que tengo por casa.

Asintió con la cabeza. En ese momento escuchamos pasos, y nos volvimos. La mujer había vuelto. Entonces los tres nos encaminamos cuesta abajo, sobre la carretera, y al cabo de unos cuantos minutos, Rosa se metió entre los árboles. No tardé en darme cuenta de que se trataba de un sendero marcado por el ligero desnivel de los pasos, y por las hojas y semillas secas de los pinos en armonía con los abetos.

Junio iba junto a mí. La dejé pasar primero, y esbozó una sonrisa, agradeciendo. Al hacerlo, no pude evitar sufrir una clase de paramnesia, en la que los recuerdos de Sabrina se interpusieron sobre el rostro de la chica que tenía enfrente.

Un segundo después, me topé con la incoherencia.

Junio estaba sonriendo. Triste y quizá forzada, pero lo hacía.

Sabrina nunca lo hizo. Tal vez, ahora que ella está con él, lo haga. No puedo negar que hay un sentimiento, algo que hierve con furia, y me revienta la cabeza cada vez que pienso en ello.

Terminamos de recorrer el sendero, y ante nosotros, se extendía el lago. El sol naciente se reflejaba en el agua, distorsionando su imagen con las olas, al igual que algunas nubes que traían noticias de una próxima tormenta; al otro lado del lago, se hallaba la civilización. A la entrada del pueblo, había un muelle. Dependientes y atados, botes bailaban al ritmo de las ondas del agua, como si hubiera una melodía secreta que solo ellos pudieran entender. Pese a lo temprano que era, había bastante actividad: pescadores en medio del lago, jalando con gran esfuerzo sus redes, mientras emprendían la otra difícil tarea de mantener el equilibrio; en el muelle del pueblo, alentaban a los pobladores a embarcarse. De nuestro lado del lago, pasaba casi lo mismo, a excepción de que el flujo de personas de este era mucho menor. En ese momento, el encargado era un joven de aspecto más bien infantil.

—Muchas gracias, señora Rosa. Oliver. —nos miró de hito en hito. Luego hizo una pequeña reverencia.

Se encaminó hacia el mozo. Ambos nos quedamos a contemplar cómo le pagaba unas cuántas monedas, hablaba y le sonreía, una evidente amistad preestablecida antes de mi llegada.

Rosa y yo volvimos a la granja. No hablamos. Casi nunca lo hacemos. No lo necesitamos, o al menos, yo no lo requiero. Me basta escuchar sus gritos para convencerme de que es liberador tener unos instantes de silencio.

Al llegar, me ordenó limpiar parte de los establos. Solo diré, que, al parecer, los caballos disfrutan tanto de mi compañía como Rosa lo hace. Tuve suerte de estar un milímetro fuera del perímetro de golpe del caballo cafetucho, que, por cierto, se llama Rosemary. Qué buena analogía. Me pregunto si habrá sido a propósito.

Hoy llovió a cántaros. La tormenta no cesó sino hasta hace unos minutos. Por la tarde, mientras comíamos, Rosa mencionó que las lluvias de junio solían ser las peores, las más devastadoras.

En fin, la tía ya me está buscando, posiblemente para reclamarme que un milímetro de paja no está en su lugar.

Deséame suerte. 

Junio |EN EDICIÓNHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora