En cuanto Rosa se distrajo, me fui al lago. Quería estar solo, mientras fumaba un cigarrillo (tomé uno de mi mochila antes de partir). Me quedé contemplando el húmedo atardecer. El humo difuminaba el sol, y no sabía distinguir si venía del tabaco, o de la confusión de mi mente respecto a mi vida.
La hierba mojada me relajó, así como el sonido del leve oleaje del las aguas. Miré al horizonte. Había siluetas de pescadores aventando redes en medio del lago. ¿Habría tantos pescados como para usar ese tipo de redes tan anchas?
A mi mente, volvió Sabrina, pero ya no Sabrina la que estaba lejos, la que no me amaba, sino Sabrina con la que hice el amor por última vez, la que, enojada, me exigió entrar a la casa. Recordé la calidez de su cuerpo contra el mío. Sus labios húmedos, dulces, y templados. Su cabello castaño hasta la cintura.
Estaba en medio de mi ensimismamiento, cuando, de pronto, escuché unos pasos por detrás de mí. Volteé la cabeza, asustado. No obstante, miedo se calmó en cuanto vi su cabellera castaña recogida por una trenza. Junio.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté.
—¿Qué haces tú aquí? Rosa te ha estado buscando como loca.
Hice un ademán burlón.
—¿Por eso viniste hacia mí?
Se rio. Era una risa hermosa. Acto seguido, se sentó junto a mí.
—¿Puedo? —señaló el cigarro.
—Claro. —se lo tendí, y ella lo cogió. Se lo llevó a la boca, e inhaló. Me lo regresó en cuanto sacó la bocanada.
—No pensé que fumaras. —dijo.
—Menos lo pensé de ti. Creí que ibas a estar tosiendo.
—Pues ya ves que no.
—¿Quién te enseñó a fumar?
Suspiró.
—Una persona.
—¿Quién es esa persona?
Se quedó en silencio un momento, dándole la importancia merecida.
—Mi abuelo. ¿Y a ti?
—Yo mismo. Nunca he sido una persona especialmente sociable.
—¿De verdad? —me miró extrañada.
Me reí.
—Para nada. Me cuesta mucho trabajo.
—¿Entonces por qué me hablaste a mí? —preguntó, y en sus ojos vi ese atisbo de interés que quería ver.
Me sonrojé, pero, creo que no se me notó.
—Pareces una persona diferente.
Tomó mi cigarrillo y se lo llevó a la boca de nuevo. Rodó los ojos.
—No lo soy. Y si lo soy, no quisiera serlo.
—Bueno, pues lo eres, y no hay remedio. —dije.
Me miró un instante más de lo apropiado. Luego, desvió los ojos al lago.
—¿Crees que no tenga remedio?
—Creo que no tengo remedio.
Se rio de nuevo.
—Pues creo que yo tampoco tengo remedio.
—¿Por qué lo dices? —pregunté, pero esta vez nunca llegó una respuesta.
Volví a la casa de Rosa. Me regañó por estar afuera tanto tiempo, sin preocuparme por todas las obligaciones que tenía. Le di el avión, y subí a mi habitación, resignado a no cenar. Me quedé escuchando música hasta dormirme. Esta vez, era una canción de Evelyn Stein, llamada Quiet Resource.
Después, como me quedé dormido con las luces encendidas, volví a despertarme, y... aquí estoy, escribiendo, antes de volverme a dormir, y soñar con tormentas de junio.
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Junio |EN EDICIÓN
Short StoryOliver no puede decidirse por una carrera universitaria aún. No tiene ni idea de qué es lo que hará con su vida después del verano, después de junio. Hartos de su indecisión, sus padres deciden mandarlo lejos, a la granja de la rezongona tía soltero...
