Domingo, 13 de junio

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Recordé el lago, e inevitablemente recordé a Junio. Y es que hoy Junio llegó por el lago de nuevo, justo a la hora en que debía de salir el sol. En cambio, a esa hora, solo estaba lleno de nubarrones, que entristecían el día. Me pregunté si Junio sentía su existencia de esa manera.

Quería acercarme a ella desde que la vi llegar. Sin embargo, me costó trabajo. Cada vez que mi mente se lanzaba a hablarle, mi cuerpo se paralizaba y se sonrojaba. Nunca he sido realmente bueno intimando con las personas. Quizá es por eso que la conversación tan íntima que tuve con Junio hace unos días me dejó pensando.

No fue sino hasta pasadas las cuatro, que pude tener ese contacto que tanto quería, que hasta sentía de pronto que necesitaba, con ella. Surgió gracias a nada más y nada menos que a Rosa. Nos pidió que fuéramos a cepillar los caballos. Cuando el Rosemary estuvo a punto de patearme de nuevo, la chica intervino.

—¡No! ¡Hey, Rosemary! —la yegua relinchó. —¡Ya! ¡Calmada, calmada! ¡Tranquila! —la empezó a acariciar simultáneamente con unas palmaditas. —Debes tratarla poco a poco. Es muy cautelosa— me explicó. Luego, sonrió.

—Creo que no le caigo bien. —acoté.

—Es cuestión del tiempo —hizo una pausa—, solían maltratarla. Por eso ahora le cuesta confiar y hacer amigos. ¿Verdad, ternurita?

Me quedé mirando el piso lleno de paja, reflexionando. Era un caballo, pero... ¿Y si yo también era un cretino porque me habían maltratado?

—Creo que soy idiota. —musité.

—¿Eh? ¿Qué dijiste? —dijo ella.

—Nada, nada. Sigamos. Yo me encargo de otro menos agresivo. ¿Cuál me recomiendas?

Se lo pensó un momento. Al final, señaló un caballo blanco, con unas cuantas manchas negras en las patas.

—Él. Se llama Pegaso. Solía ser un caballo de carreras. Al estar más acostumbrado a estar con gente que lo amaba, él regresa lo mismo. Cepíllalo.

Mientras cepillaba a Pegaso, me puse a pensar en la diferencia entre los dos caballos. Me preguntaba si mi vida sería diferente, o si yo mismo habría sido mejor de haber sido amado. ¿Qué estaría haciendo, entonces? ¿Estaría con Sabrina, dándole lo que ella daba? ¿Estudiando para el examen para ser contador? ¿Regresándole a mis padres todo el amor que me hubieran dado? De pronto, una pregunta conmovedora, una pregunta inescapable se asomó con impulso impresionante entre mis labios:

—Junio, ¿tú sientes que te aman? —me volví para ver su espalda. Dejó caer la mano con la que sostenía el cepillo.

De nuevo nos sumimos en uno de esos silencios que parecían sempiternos, de esos en los que parecía que la respuesta nunca llegaría, cuando, de pronto, dijo:

—Una vez, alguien me amó.

Y no dijimos más.

Junio se fue.

Y una tormenta de junio llegó. 

Junio |EN EDICIÓNHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora