Jueves, 10 de junio

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Rosa empieza a darme miedo. De por sí, desde el primer instante, resultó ser ya demasiado desagradable. Para acabar de romper el asunto, ayer, justo cuando estaba escribiendo, tuve que parar de súbito, pues la anciana abrió la puerta inesperadamente. Me mató del susto, y me hizo salir de la cama.

—¿Desde hace cuánto que estás despierto? —me miró con el ceño fruncido, acusatoriamente.

—¿Diez minutos?

—¡Es mucho tiempo ya! ¡Órale! ¡A levantarse! —y luego musitó ‹‹niño fifí››. ¡Oh, vaya! Uno nuevo.

De hecho, estoy escondido en el establo, soportando el olor del estiércol. Al menos es más tolerable que su actitud, de verdad. ¡Anciana insoportable!

Quizá debería seguir en donde me quedé ayer.

El tren le dio diez minutos de prórroga a los pasajeros faltantes. En ese lapso, me compré algo de comida basura. Subí al tren, y alguien me pidió el boleto. Le quitó la pestaña que estaba luego de la línea punteada, y me dijo que fuera al vagón tres, y que ubicara el asiento 450.

Me tocó ver el pasado del tren, mientras que, a un hombre mayor, que se durmió casi todo el trayecto, y solo se despertó porque su sombrero se cayó, hacía el futuro. Ambos estábamos en el presente, pero cada uno decidía hacia dónde mirar.

Las primeras dos horas las ocupé para mirar por la ventana. En las siguientes, me dediqué a leer viejas conversaciones con Sabrina. Una sensación de culpabilidad me enredó la garganta al ver todo el esfuerzo que ponía para hacerme reír. Como no pensaba demostrar mi dolor en público, como solo los cobardes elegimos, aparté la vista del teléfono y mejor me puse a observar cómo se deslizaba el hilo de saliva de la boca del hombre. Después sentí algo de vergüenza por invadir un momento tan sacro y tan íntimo, como lo es dormir y babear mientras tanto. Así que miré a otro lado, miré a otras personas, y entre las acciones de lo que me imaginé era una familia, noté que una mujer se levantaba y caminaba por el pasillo de nuestro vagón, y luego abría las puertas de otro. «Así que se puede caminar por ahí», pensé.

Crucé una y otra vez todo el tren, hasta donde sus límites me permitieron, y terminé por contemplar el atardecer desde mirador del tren. Si es que Dios existe, ese día había estado inspirado. Si Dios existe, es un pintor increíble.

De pronto, me percaté de que ya debían ser alrededor de las siete, y quizá pronto llegaría a mi destino. En este sentido, saqué mi teléfono del bolsillo, y me di cuenta de que mi suposición estaba incorrecta por un minuto. De cualquier manera, volví a mi vagón. Me senté, y vi el fugaz paisaje por buen rato, quizá durante media hora más.

Y al cabo, alguien fue gritando por los pasillos que habíamos llegado a la siguiente estación. A la estación de Monteverde. Supe que era momento de irme. Tomé mis maletas, y recorrí el pasillo restante, y los vagones, hasta llegar a la entrada. Por otra de las puertas, más gente subía.

Bajé, y el fresco de la noche me golpeó las mejillas inesperadamente.

La estación era mucho menos sofisticada en comparación con la que había abordado. Se trataba, más bien, de una simple caseta de rojas paredes. Alrededor de esta, habían colocado asfalto, pero este había tenido la delicadeza de agrietarse y resultar en mil pedazos.

Me di cuenta de la grandiosa idea de haber traído solo equipaje de mano.

Al cabo de diez minutos, el tren desapareció, sin dejar rastro en las vías. Algunas personas ya se habían dispersado para ese punto. Como no tenía otra indicación más que esperar a que ella se me acercara y preguntara por mí, me senté con la cabeza recargada en la caseta, mientras la luz amarilla en la marquesina me apuntaba. La contemplé hasta que me deslumbró. Me entretuve con los globos de colores que mis ojos le daban al foco en el paisaje o en la propia oscuridad de mis párpados.

Junio |EN EDICIÓNHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora