Pico de oro.

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-Ayúdame, perro. Pásame la cinta aquella- dice desde arriba.
-Toma.

Se la pasa y el rubio coloca la cinta en la pared.

-Está quedando genial. Al perro de Leónidas le va a encantar.
-Eso espero.
-Con lo happy flower que es, seguro- añade Greco.
-Me da que el happy flower es Horacio.
-En comparación, sí soy.

Los tres ríen.

Hacía una semana que Leónidas había salido del coma, por una mala caída en moto. Hoy salía del hospital y le habían animado a pasarse por la comisaría. Conway había sido permisivo y le había dado todo el tiempo que necesitara para recuperarse; él también se había preocupado por su agente.

-Deje de mirarle el culo a Gustabo.

Susurra Volkov cerca de Conway.

-No le estoy mirando el culo.
-No, qué va.

El mayor gruñe; sí le estaba mirando.

-¡Abuelo! ¿Cómo lo ve?

Frunce el ceño al escucharle pero lo deja pasar.

-Perfecto para un mariconeti como Justin Bieber.
-No esperaba menos de usted.

El rubio le sonríe y Conway traga saliva.

-Por dios, Conway. Relájese.
-Cállate, otaku- este último ríe.
-Bueno...

Dice Gustabo poniéndose a su lado y mirando la pancarta y la decoración. Horacio se pone al lado de Volkov y este último le rodea por la cintura.

-...ni tan mal, ¿no?
-A mí me gusta- dice el ruso.
-Gracias, comisario bombón.

Los dos se sonríen y Conway rueda los ojos.

-Cogeos una habitación de hotel.
-Cuando me deje descansar, entonces. Explotador.
-Llorica.
-¿Cuándo viene?
-En dos horas.
-Perfecto. ¿Te apetece un café?- le pregunta a Volkov.
-Claro, solntse.

La pareja se coge de la mano y se van juntos a la cafetería más cercana.

-Me dan ganas de vomitar- se queja Conway.
-Venga, señor. Anímese, algún día encontrará a alguien.
-Eso, abuelo.
-Amor, qué asco... voy al despacho.
-Señor, acuérdese que en dos horas tiene que estar aquí- añade Moussa.
-Que sí, que sí... pesados.

--

Cinco minutos después, la puerta del despacho se abre.

-Os tengo dicho que llaméis antes de entrar, capullos.

Levanta la mirada, encontrándose con dos orbes azules.

-¿Qué quieres, Gustabín? Solo han pasado cinco minutos.
-Quería... hablar con usted.

Se miran fijamente mientras el menor se va acercando a la mesa de su superior, sentándose en el filo de ella.

-No me gusta tu tono, ¿qué quieres?

El rubio ríe.

-Nada grave, creo.

Le guiña un ojo.

-Tengo cosas que hacer, habla.

Dice mientras vuelve a sus papeles.

-Voy a ser directo, como siempre.
-Así me gusta.
-Le he visto mirándome el culo.

Su cuerpo se tensa al oírle.

-Y no me lo puede negar, le ve visto yo y toda la comisaría.

El mayor traga saliva y lentamente, le mira.

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