Biblioteca Gefallene Türme

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Llevaba varios días muy perdido. Había comenzado a replantearme si lo que estaba haciendo era lo que de verdad quería, estando muerto... Y verdaderamente me ofendía esa duda, porque de siempre he dado todo por mi hermana, pero creo que estaba empezando a rendirme.

Helena no quería y no podía salir de ahí, de ese mareo de cabeza, de ese día a las 3:15 de madrugada. Vivía con la cabeza en ese momento, por eso siempre tenía la mirada tan ausente y distraída. Porque se quedó enganchada en ese día y el tiempo ha ido pasando sin ella; ha intentado llevarla consigo, pero no, ella continua unida a ese pensamiento, es como una droga. Como aquel cigarro que sujetaba la noche del accidente, que no podía soltar de mi mano.

También me he parado a pensar y no tengo lugar en esta vida donde no están permitidos los muertos. ¿Por qué estoy viviendo si dejé de hacerlo hace años? No entiendo porqué no me he ido ya, no sé a donde, pero sí estoy seguro que yo no debería estar aquí, no en una vida de vivos joder. Pero me quedo sin rechistar porque mi hermana me tiene sujeto, sin saberlo, como el pensamiento de mi última exhalación a ella.

No hay más gente como yo en Limber, no al menos por las calles ni por los lugares más recónditos y oscuros. No puedo ser el único muerto, ¿dónde se han ido los otros? ¿Estarán en un lugar mejor? ¿Cómo voy yo con ellos?

Y eso me hace volver a replantearme la existencia, que dejé de tener hace mucho. Si voy a estar aquí, en este mundo del cual no me libro, no quiero ser igual de útil que aquel cuadro que solo decora la pared de cualquier casa vacía. No quiero ser un fantasma más de los que viven en las mansiones encantadas de cualquier pueblo olvidado. Perdí mi cuerpo pero no mi dignidad.

¡¡Ostia!! Me acordé de ella, llevaba meses sin pensarle y me alegró el darme cuenta que la estaba superando. Aquella madre que se quedó sola, por mi culpa... Tras el accidente me pasé todas las noches de todos los años acordándome de ella y por supuesto, la razón por la que morí. Me acordaba de sus gritos y de mi indiferencia antes de saber que había sido yo el gilipollas que lo había jodido todo. He pensado en ella más, incluso, que en mis padres o en toda aquella familia de la que debes acordarte. La he pensado tanto que siento ya ser parte de su núcleo familiar, o al menos un amigo.

¿¡Cómo voy a ser un amigo!? ¡¡Si destrocé su vida!! Y vuelvo a hundirme en las mismas rayadas de siempre. No puedo vivir así, aunque tampoco esté vivo...

Me paré a pensar objetivamente. He estado llorando por la pérdida de su hijo desde entonces, he arañado mi alma solo por la idea de que fui yo el que la destrozó aún teniendo cuerpo y mente... Pero jamás he hecho nada por ella, jamás la he ayudado, y ni sabía que he derramado mil y una lágrimas por ella, por esa mujer sin nombre. He sufrido mis penas y las suyas, pero no he movido ni un puto dedo.

Me frustré.

Esta mañana fui a la biblioteca más conocida de la ciudad, la biblioteca Gefallene Türme. Hace años iba con Helena y es de los mejores recuerdos que tengo de mi infancia. Ella aún era muy pequeña para cederle el paso a la sala de los ordenadores, pero su risa cuando le leía los libros más inútiles que encontraba, era fantástica.

Regresé la verdad que no sé porqué.

Pero la vi de lejos y me tentó demasiado el olor a libro nuevo, el sonido del pasar de las páginas, y el silencio tan acogedor de la pequeña Gefallene Türme.

Y entré.

No sabría explicar la sensación. Pero fue como si un millón de momentos de mis años de niño vinieran hacia mí en modo avalancha. Fue agradable pero a la vez confuso. Como si todas aquellas experiencias las hubiera olvidado o tan solo se hubieran quedado esperándome en aquella biblioteca; pero me llenó completo por unos instantes. Llevaba tiempo sin sonreír.

Di mil vueltas a las estanterías de libros, toqueteé las sillas en las que quince años atrás me había sentado y bailé por los pasillos de esta. Parecía un crío pequeño jugando como lo hacía, pero es que me importó tan poco...

Di por hecho que debía ir más veces, todos los días si era posible. Al parecer encontraba algo con lo que sentirme bien, ya que el malestar se había apoderado de mí y yo le había apodado "normalidad".

Me gustaba visitarla y me hacía sentirme esperanzado. Era mi puntito de luz a través del túnel.

Y continué yendo, la mayoría de los días cuando mi hermana iba a trabajar y me hacía incluso menos caso que las anteriores veces, que también era nulo. Intentaba llevar los libros arrastrando hasta aquellas pequeñas mesas de las esquinas que nadie quiere, porque están semi iluminadas. Y allí me sentaba a leerlos.

Estuve varias sesiones leyendo Sidi. Era increíble como un libro podía hacerte olvidar tan de repente un tema que antes no eras capaz de olvidar, ni por poco. Me olvidé de la mujer sin nombre, de Helena, del accidente... Me olvidé, si me arriesgo a decir, de que estaba muerto.

Era difícil, también, subsistir en un ambiente como esos. ¿Cómo sostener un libro sin que pareciera, desde los ojos de un vivo, que flota?

Sólo alguna vez, los niños que se quedan mirando las musarañas mientras sus respectivos padres les leen un libro, se dieron cuenta de que yo pasaba por allí... Pero solo alguna vez.

Y la biblioteca comenzó a ser, todos los días del año, mi segunda casa.

HakoonDonde viven las historias. Descúbrelo ahora