Aparatejos sagrados

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En cuanto llegamos a Limber deje que él me diera un suave beso de aquellos que se sentían como dulces escalofríos y nos separamos.

Llegué a casa lo más rápido que pude pero la vuelta a la realidad estaba siendo una herida en carne viva. Tan reciente...que aún temblaba solo de pensarlo.

Agarré todas las cruces y velas que colocábamos sobre la repisa de la chimenea, eran una forma de indicar el hogar a todos nuestros difuntos, pero ahora ya no eran más que simples aparatejos que esperaba que funcionaran en el plan que Hakoon tenía preparado.

Encontré también en el mueble del recibidor unos crucifijos, creí recordar que eran los que llevó mi madre antes de fallecer, pero a pesar de no estar segura, no era momento para pensar en eso. ¡Joder! Claro que no lo era, Mía...

Antes de darme cuenta estaba montada en el coche con una bolsa de tela llena de trastos religiosos. Espero que fuera lo que esperaba recibir.

No sabía bien qué hacer en ese momento, pero arranqué y me dirigí cerca del maldito palacete que podía estar siendo testigo de los gritos de mi pequeña, ¡joder! Sólo con pensarlo me ahogaba, me ahogaba de verdad.

Paré relativamente cerca, pero una barrera de pinos escondía el coche con una facilidad increíble. Bajé y miré entre las ramas. No había nadie pero sombras escurridizas se dejaban ver a través de las ventanas oscuras del primer piso.

¿Qué debía hacer ahora? ¿Esperar? Pero estaba impaciente, rota por dentro y fingiendo no estarlo por fuera. El tiempo era demoledor y mis manos sucias acariciaban mi rostro intentando borrar del mapa de mis mejillas las lágrimas que constantemente lo atravesaban. No quería morir pero un empujón más y no me quedaría otra, y no opondría resistencia.

De repente sentí una sensación de calidez sobre mi mejilla; era él, había vuelto. No podía oírle ni mucho menos verle, pero dejé la bolsa en el suelo, frente a mis pies y esperé a que sucediera algo.

Él la agarró y se marchó hacia el palacete, esquivando las ventanas que pudieran ver una bolsa de tela ondeando en el aire.

Le seguí unos metros por detrás sin saber del todo si era consciente de mi presencia entrometida; sentí que, si volvía a verlo, me reprendería aquel acto pernicioso, tampoco le culparía; él ya había muerto una vez, y yo...yo no.

Lo "vi" frenar frente al portón, pero se decidió a abrirlo solo cuando las sombras de las ventanas parecían haberse difuminado por completo.

Esperé fuera mientras seguía la bolsa de tela con la mirada. La puerta se cerró y me quedé sola pegada a la pared de piedra. Sin saber qué hacer, pero de algo valdría mi figura, debilucha y malherida, pero capaz de estrangular con sus propias manos el cuello de un puto vampiro.

No oí nada durante varios minutos, ni siquiera todos los escapularios chocando entre sí.

Y al cabo de un rato llegó a mis oídos el aullido de un hombre, una llamada de alerta, pero no reconocí la voz e intenté no preocuparme.

¿Pero y si le pasaba algo a Hakoon? ¿Desaparecería esta vez del mapa de los vivos?

Hakoon

Me alegré de que Judith se quedara en el coche. No me gustaría que pasara por algo así. Tenía miedo de encontrarme a Mía en condiciones en las que nadie debería verla, o directamente no encontrarla. Pero no perdí la fe, no debía hacerlo, ni por Judith, ni por nuestra pequeña.

Mientras tanto ahí estaba yo, agarrando el cuello de aquel vampiro que ya rondaría la vejez con su bata negra y sus dientes acabados en pico.

Había decidido ir uno por uno para no levantar sospechas. No quería crear una masacre de todos aquellos enfermos contra mí; y aunque no tenía miedo de morir, sí de que lo hicieran ellas.

HakoonDonde viven las historias. Descúbrelo ahora