Adiós

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Mi respiración estaba agitada.

Recuerdos fugaces de aquella pesadilla vagaban por mi mente a la velocidad de la luz. Me hacían estremecer.

Todos mis músculos se contraían en una escalofriante tensión.

Mi corazón estaba desbocado, era la primera vez que sentía una fuerza latiendo dentro de mí, dentro de un cuerpo vaporoso y translúcido. No tenía sentido, pero mi supuesta existencia menos aún.

Cuando pensaba que podía ser capaz de calmarme, el recuerdo de las palabras macabras de Jake a mi oído retorcían cada parte de mi cuerpo. Temblaba.

Lo había pasado mal, muy mal.

A pesar de que me repetía una y otra vez que no había sido más de un sueño, apostaba de seguro que era una señal, que en parte, no todo era mentira.

Y Mía...

Aquellos colmillos, idénticos a los de su padre...

No creo que pudiera verla igual, nunca más.

Una imagen borrosa de sus caninos hincándose como punzantes agujas sobre mi hombro me hicieron reaccionar. Recogí la manga de mi camiseta.

Nada.

No había nada, pero seguía ardiendo.

Resoplé.

Alguien quería decirme algo, y yo no era capaz de descifrarlo.

...

Visité a los Schwarz aquella tarde. No estaba seguro de lo que hacía, pero ahora encontrar seguridad estable era una misión imposible.

Entré.

Todo marchaba con aquel ambiente hogareño.

Los pasos ajetreados de una familia comúnmente normal se oían de aquí para allá.

Judith guardaba en los armarios de la cocina los vasos del lavaplatos causando un ligero estruendo, y Jake caminaba ansioso por la planta de arriba, buscando.

-¿Has visto mi maletín Ricitos? -alzó la voz haciéndose oír sobre el estruendo de la vajilla.

-Sí Jake, en la habitación de la pequeña creo que lo dejaste cielo.

Él asintió con la cabeza desde la habitación y bajó en busca de su maletín, imprescindible para su supuesto trabajo.

Con un beso le agradeció a Judith haber resuelto su duda.

Se le veía tan feliz a ella... No podía disimular un dolor que me quemaba y helaba a la vez.

¿¡Es que de verdad se había olvidado de mí!?

Él jugaba con el cabello rizado de nuestra mujer, mientras ella buscaba otra vez el contacto de los dos labios carnosos y suaves entrelazados.

Imbéciles.

No podía dejar de mirarlos y maldecirlos por los bajo.

Y pese a que, realmente, Judith jugaba con mis sentimientos acostándose las noches que me pertenecían con otro; si volviera a tenerla al lado lo que menos haría sería reprochárselo. Seguía amándola, y difícilmente algún día cambiaría eso.

-Me voy -le dijo Jake aún pegado a su boca.

Ella se apartó enseguida: -De acuerdo. -Sonrió.

Jake la miraba fijamente, una fuerza invisible mantenía fijos aquellos ojos negros y aquellos ojos marrones, en un duelo cálido.

El hombre de colmillos blancos se relamió los labios y Judith bajó la mirada, enrojecida.

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