Judith y yo danzábamos entre dos mundos.
No nos negábamos, aún sabiendo que íbamos a terminar volviéndonos locos. A todas horas pensamientos instrusivos sobre que esto no duraría mucho más, se abalanzaban sobre mí rasgando como fieras garras un cuerpo semi opaco.
Creo que yo ya estaba empezando a volverme loco.
...
Las siguientes semanas fueron meras réplicas de las pasadas. Jugando con caídas y golpes regresaba a mi lado y volvía a entregarse a mí con todo su ser. Así como también lo hacía con Jake cuando visitaba de nuevo un Limber vivo.
Nos amaba, nos amaba a los dos.
Y aún no había conseguido entenderlo, no había conseguido calmar mi sed de venganza contra aquel hombre de colmillos blancos. Pero el amor de Judith valía la pena aún más incluso que una victoria merecida y sangrienta. Por ella, a Jake no le pondría un dedo encima el tiempo que me quedaste antes de desvanecer, en el caso de que alguna vez lo fuera a hacer.
También tuve tiempo suficiente hasta la siguiente vez que nos vimos a los pies de un acantilado, para observar de nuevo la casa de los Schwarz.
Continuaba visitando a Mía, y a cada paso que daba se hacía mayor, mucho más mayor. Se la veía feliz y risueña. Su rizos oscuros ya rozaban mitad de su espalda blanca y su voz se había agudizado, emitiendo una suave melodía cada vez que pronunciaba palabra. Era hermosa.
En cuanto a Jake... Él estaba diferente. Cada vez lo veía más ofuscado en sus ideas. No simulaba una realidad como la de antes, sino que se empeñaba en algo que ni Judith ni yo éramos capaces de descifrar. Sus ojos irradiaban una profunda luz negra. Hacía tiempo que la mujer del accidente había empequeñecido a su lado y cargaba con sus expresiones de mala gana casi todo el tiempo; menos aquellas noches, donde el placer brotaba de los dos sin compromiso.
Sus facciones se marcaban como estacas en la madera, y una mandíbula apretada hacía recorrer con un relampagueante escalofrío la espina dorsal de nuestra mujer.
-Mía, pon la mesa.
-Papá no lleg...
-¡Mía que te he dicho que pongas la mesa!
-¡Jake! -dijo Judith provocando seguidamente un incómodo silencio, -no le hables así a nuestra hija.
-¿Y qué vas a saber tú? -dijo por lo bajo entrando en la habitación y pegando tras de sí un portazo.
Judith resopló aguantado las lágrimas. No, no podía llorar delante de su hija.
-Mía cielo, mientras pongo el mantel agarra tú los vasos de encima de la encimera.
-Vale mamá. -Aún temblaba ligeramente y miraba con recelo la habitación por la que minutos atrás se había marchado su padre.
Judith se agachó y agarró la mano fría de su hija:
-Todo está bien mi niña.
Y sólo cuando pasó una media hora en el reloj de la cocina, Jake se dignó a salir, ahora sí luciendo una cálida y acogedora sonrisa, y un agradable tono de voz.
Agarró a la mujer por la cintura:
-Perdona mi Ricitos todo lo que ha pasado hace un rato. -Rozó su mejilla con uno de sus dedos. -Es que llevo unos días algo alterado por el trabajo y no me aclaro ni yo.
Rió.
Judith lo imitó, disimulando un perturbador dolor de cabeza y una necesidad atroz de una explicación clara y concisa.
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Hakoon
Science FictionHakoon Beckett es un chico de unos 24 años que causa un accidente en el pueblo de Limber. Tras su muerte, deja en vida a su apreciada hermana y a la mujer a la que hirió en aquel choque de vehículos. De una manera u otra, consigue comunicarse con am...