Un pecho cosido

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Hasta un par de noches más tarde no decidí aparecer ante la pequeña.

Me dolía la espera, pero sabía que si aparecía aquel mismo día de entrada, ella de alguna manera u otra se lo comunicaría a sus padres; tal vez con solo su expresión, no hacían falta palabras.

Aquella mañana el recibimiento fue casi mejor que los diez días que había perdido sin ir a verla. Esta vez no me dio un abrazo hasta asegurarse de que seguía allí y no era un simple holograma que calmara sus lágrimas.

Le conté lo importante que era que ella no le dijera nada más a sus papás y que nuestra amistad fuera, a partir de ahora, secreta. Teníamos una segunda oportunidad. Le dije que no estaba bien mentir, no, pero tampoco estaba bien jugar con el amor (precisamente el que yo sentía por ella, por mi niña hermosa).

Muy pronto, no habían marcado las ocho en el reloj, el hombre de colmillos blancos salió de casa con su maletín en la mano derecha y unos planos bajo el brazo izquierdo. Apenas hizo ruido. Tan pronto como cruzó la puerta se subió al coche y se perdió entre la claridad de los montes que amanecían lentamente y regalaban un aura frágil a su paso.

La casa de nuevo en silencio.

Subí las escaleras y no dudé ni un instante en entrar a la habitación de matrimonio.

Las ventanas seguían tapadas por aquellas cortinas negra, tupidas y rígidas, que llegaban hasta el suelo. Pero la puerta sí me dejaba un amplio rango de luz para verla ahí, tumbada, con su camisón blanco y con parte del cuerpo al aire.

Me senté en la cama.

Sé que me había propuesto comenzar a abrir y cerrar puertas y ventanas y a hacerles creer que se estaban volviendo locos... ¿pero no era algo verdaderamente rastrero?

¡Joder Hakoon, que tú mataste a su hijo! Y de repente fui consciente del dolor, de la ira y de aquel rencor, aquella mirada... Pensé en alguien arrebatando la vida de Mía, y no deseé más que una muerte lenta y dolorosa para el culpable. De repente comprendí que yo había hundido el pecho de Judith y ahora ella, había conseguido coserlo, tambaleándose. No podía ser capaz de hacerla enloquecer más.

La miré.

Era tan bella como su hija.

Y entonces, calmando toda mi sed de cariño, recorrí todo su cuerpo con mi dedo índice.. acariciando lentamente su piel blanca y pura. Ella se revolvió en la cama tratando de que el aire se llevara aquellas cosquillas que le había producido con mi roce.

Me acerqué a su cuello mientras un olor verdaderamente dulce me envolvía y me hacía recordar las tardes de antaño los viernes comiendo dulces.

Podría alimentarme de esa fragancia, podría beber de ella y mi sed lo agradecería. Podría dejarme morir rodeado de aquel ambiente sin preocupaciones, rodeada del sabor de la primera fruta madura del árbol o de las gotas de agua que resbalan por la piel de la fruta tras pasarla por agua. Podría vivir y morir bajo aquel aroma refrescante y deleitoso al mismo tiempo.

Coloqué en su cuello un pequeño beso y me separé de ella.

Sé que lo sintió y por eso hizo un amago de moverse. Últimamente, que ya conocía cómo hacerme sentir, para las personas de mi entorno era como si realmente una persona de carne y hueso fuera la que los abrazara, besara, acariciara...
Ya me había acostumbrado, y ellos también.

—¿Jake? —oí que decía, sin apenas abrir los ojos Judith—. ¿Aún no te has ido?

Al no recibir respuesta se dispuso a levantarse. No había nadie, no para ella. Se asustó. Se incorporó para correr las cortinas y buscar por el pasillo al hombre de colmillos blancos.

HakoonDonde viven las historias. Descúbrelo ahora