Besos en el pulgar

14 1 0
                                    

Los meses fueron pasando y yo ya estaba siendo, casi completamente, parte de la vida de Helena.

Éramos felices, los dos.

En ese tiempo ella había crecido mucho como persona; ya no le temía a la vida, aunque tampoco lo hacía a la muerte. Ya no parecía una niña indefensa, sino una mujer que hace todo lo que quiere por y para ella misma y su bienestar.

Hablábamos a través de notas, todos y cada uno de los días. Y no había nada que me entusiasmara más.

De vez en cuando me paraba a pensar lo fuerte que era mi hermana... Gracias a ella ahora todo esto era posible. ¿Y si se hubiera negado desde un primer momento? ¿Y si no me hubiera tomado por más que una simple coincidencia? ¿Y si ya no me quisiera?... Miles de pensamientos inseguros recorrían mi cabeza como cuando aún ella no sabía de mí; y de repente me acordaba de que ahora ella era la misma que me preparaba la cena que nunca podría tomar, o la misma que me dejaba notas con besos en la pizarra del jardín...

Me alegraba tanto poder volver a sentir su dulzura...

Era muy divertido vivir junto a ella, ahora que todo estaba todo lo bien que podía estar. Había vuelto a recuperar aquella torpeza de niña pequeña, aquellos despistes de última hora y aquellas sonrisas entre dientes cuando se daba cuenta de la suerte que tenía muchas de las veces.

Era bonito verla hablando a alguna parte de la habitación, porque ella sí sabía que yo esta allí, por y para siempre.

Vivíamos en total armonía.

Aquel cuarto trastero que usaba de despensa era ahora mi dormitorio. Era pequeño, muy muy pequeño, pero suficientemente cómodo y acogedor.

Yo no necesito dormir, pero solo por ella lo hacía varias noches a la semana. Me tumbaba en la cama del cuartito. Tenía una mesita al lado y una bombilla pendía del techo, bien cerca de la almohada. Me gustaba.

Sabía que le hacía ilusión brindarme un rincón para mí, y saber que en su hogar siempre estaría...tanto conversando con ella, como durmiendo.

Todas las noches deshacía la cama solo para que ella pudiera, a la mañana siguiente, imaginar cómo yo me había tumbado sobre ella; solo para ver su expresión y aquellos ojos que poco a poco iban brillando, muy sutil pero muy real, y con eso me sobraban explicaciones.

No faltó tiempo en Limber para que la noticia de que Helena había vuelto a recuperar las ganas de vivir recorriera las calles a la velocidad de la luz.

Y ella lo sabía.

Pero le daba totalmente igual. Había optado por no dar detalles ni razones, porque al fin y al cabo era su vida y ella decidía cómo vivirla y con quién.

Muchas de las vecinas chismosas intentaban, alguna tarde, sonsacarle la información que todos reclamaban entre amigables saludos e intencionadas preguntas...

Pero no, ella era más inteligente que todos ellos juntos. Sabía las intenciones y porqué ahora todos la paraban por los pasillos del edificio y le sonreían con cierto encanto no antes visto.

No me hubiera molestado que ella narrara todo lo que ha ocurrido estos meses, entre ella y yo. Pero teniendo en cuenta el hecho de que pocos, sin contar las revistas más prestigiadas, no la tomarían por loca; pues creo que todo estaba mejor así.

Nunca me ha gustado usar mi alma sin cuerpo para hacer daño a nadie. No podía aprovecharme de mi opacidad nula para asustar a los más pequeños. Pero debo admitir...era tentador....

Algún día libré a mí hermana de alguna pareja preguntona.

Como aquella vez, si creo recordar bien, era un martes sobre las ocho de la noche, casi entrada ya. Ella andaba por los adoquines de la acera en dirección a Gefallene Türme. Hacía unas semanas que había comenzado a ir, después de que yo pusiera todo mi énfasis en aquella pizarra del jardín, demostrándole que valdría la pena visitarla.

HakoonDonde viven las historias. Descúbrelo ahora