Capítulo 15

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Los jóvenes caminaron por un sendero que conducía camino arriba a la selva.

—¿Falta mucho? Me están doliendo los pies. —preguntó Pablo quejándose.

—¿Quieres dejar de quejarte ya, pesado? —protestó Johnny, incapaz de aguantar sus quejas.

—Tranquilo, Pablo. Parece que hemos llegado. ¡Mirad! —dijo Luis señalando hacia delante.

Aunque a Luis le enseñaron que no estaba bien señalar, vieron que el pequeño tenía razón, ya estaban muy cerca de la jungla.

—¡Esa es! La Selva Frondosa. ¡No hay duda! —exclamó Toni.

—¡Qué guay! ¡Vamos! —dijo Clara echando a correr, pero Juan la detuvo con su voz seria.

—No tan deprisa. Los pequeños no debéis ir solos. ¿Acaso no recuerdas lo que prometiste, Clara? Tú y tus amigos habéis prometido que estaréis siempre cerca de nosotros. Es por vuestro bien. ¿No será... que queréis que Alex falle como líder? —preguntó.

Los tres niños estaban confusos pero recordaron su promesa y trataron de tener cuidado. Procurando no alejarse de los mayores, los pequeños los siguieron al campo de enormes árboles, palmeras y plantas que formaban la selva. Se podía oír distintos sonidos: aves, insectos y el movimiento de las ramas con la suave y muy ligera brisa del viento.

Mientras caminaban para hacer reconocimiento del terreno, podían observar las plantas. Para su sorpresa, eran únicas. No habían visto plantas de colores únicos y de tamaños increíbles. Tan espectaculares que los girasoles que Luis veía con sus tíos en el pueblo al que iban de vacaciones y las plantas medicinales que Pablo siempre miraba y pensaba que le pudieran curar sus enfermedades. En fin, cualquier planta que hubieran conocido y visto no superaría a la belleza que estaban contemplando.

—Esto parece... como un jardín botánico, pero muy bonito. Y no lo digo de broma. —dijo Pedro sonriente.

—Sí, la verdad. Esto es muy bonito...—añadió Johnny.

Siguieron caminando mientras observaron la fauna, sin saber que algo los estaba observando. Entre las ramas, había un feroz lobo de pelaje rojo con hocico blanco. Sus orejas puntiagudas parecían cuernos de un dragón o de un monstruo mientras sus ojos rojos en pupilas amarillas observaban a sus presas. Sus patas tenían unas uñas afiladas que podían romper árboles de un zarpazo mientras que sus dientes afilados podían romper de un mordisco una roca grande.

El feroz animal los observaba con una mirada malvada llena de hambre. Una enorme necesidad de comer sus carnes recorría por su instinto salvaje, pero se escondía en las sombras esperando el momento oportuno de atacar.

Los muchachos seguían caminando con los pequeños y los gatos detrás de ellos, también caminando.

—¿A qué hemos venido aquí, por cierto? —preguntó Clara.

—A reconocer el terreno. —le contestó Juan.

—¿Qué significa eso?

—Significa explorar todo el terreno y conocerte el camino entero hasta que puedas orientarte sin problemas.

—Lo que quiere decir es que tienes que conocer todo el lugar para que la próxima vez que vengamos aquí sepas dónde encontrar cosas como comida, algo que podamos usar... —añadió Luis mientras Juan le miraba con asombro.

—¿Cómo sabes eso? ¿A tí quién te ha enseñado todo eso? —preguntó incapaz de creerlo.

—Le he enseñado yo. —contestó Alex, —Los niños tarde o temprano tendrán que aprender de nosotros para que puedan aguantar más mientras estemos en esta isla.

La Isla PerdidaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora