Capítulo 20

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Ranches, Eduardo, Jack y Smith ya habían llevado al grupo de Alex a una especie de cueva. La cueva parecía una mina abandonada y a los chicos les resultó extraño ver una mina en una isla desierta.

—¿Qué hace aquí una mina? —preguntó Clara confusa.

—Algo me dice que ahí estará el oro. —Johnny pensó.

—Pues, ¿a qué esperamos? ¡Si lo encontramos, seremos ricos y además volveremos antes a casa! —exclamó Pedro con un gran entusiasmo.

—¡Así es, chico! ¡Y cuanto antes os deis prisa y lo encontréis, más pronto regresaremos a casa! —añadió Jack, fingiendo sin que nadie se diera cuenta, aunque Eduardo lo vio sospechoso por alguna razón.

—Entrad vosotros primero, pequeños. —les dijo Smith a Alex y los demás, —El camino es un poco oscuro pero os dejo una lámpara de aceite cosa fina. —les entregó una lámpara de aceite.

—Un momento, ¿por qué hemos de ir primero nosotros? ¿Para ver si hay gérmenes u otros microbios? —preguntó Pablo asustado y tragando saliva.

—¡No...! Qué va, hijo... —Ranches actuó enseguida dándole palmadas en su hombro para tranquilizarlo, —Nosotros vamos a preparar el equipo para cuando lo hayáis encontrado y nos digáis donde está ese valioso oro, vayamos a sacarlo.

—Es una forma de repartir el trabajo un tanto peculiar... pero, bueno. —dijo Juan con una expresión de duda en su rostro.

El grupo entró en la mina lentamente mientras Juan encendió la lámpara de aceite y bajaron lentamente mientras Ranches, Eduardo, Jack y Smith se quedaron fuera. Sin embargo, a los chicos les pareció raro que los adultos se quedaran fuera a pesar de las explicaciones de Ranches.

Con una sonrisa maligna, Ranches dirigió su mirada a los dos piratas.

—Vosotros, aseguraos de que no salgan hasta que encuentren el oro. Si salen, acabad con ellos. —les ordenó.

Eduardo no podía creer lo que oyó, —¡¿Qué?! ¡No puede hacer eso!

Pero Ranches le miró levantando una ceja, —¿Que no puedo? Dime por qué. —preguntó.

—¿Cómo puede usted obligar a esos niños a quedarse dentro? ¡Eso es inhumano! ¡Tratarlos como si fueran esclavos! —dijo Eduardo furioso.

—Tienes razón, amigo mío... —suspiró Ranches.

Eduardo solo pudo confiar en que Ranches sacara a los niños de la mina y les dijera la verdad, o mejor, enviar a sus hombres como guías para protegerles.

—Entonces... ¿va a enviar a sus hombres a que los ayuden... o va a ir usted mismo? —preguntó aún enfadado.

—No. No irá usted a pensar que me haría cambiar, ¿verdad? Para sobrevivir y conseguir lo que quieres, debes hacer sufrir a los demás. A los fuertes y a los débiles.

—¡¿Qué?! ¡Usted está loco! —protestó Eduardo furioso, —¡Va a sacar usted a mi hijo y a sus amigos de esa ahora mismo! ¡O les saca o le...!

La amenaza de Eduardo fue interrumpida cuando unas espadas apuntaron a su cuello. El padre de Juan vio sorprendido a varios hombres con miradas y sonrisas malignas aparecidos de la nada.

Ranches se empezó a reir malignamente y explico, —Olvidé decir un pequeño detalle, amigo mío... La Isla Pérdida, es también la isla de los piratas. Jack, Smith, Osvaldo y Roger no son mis únicos hombres. Verá, Jack y sus piratas tienen el don de la inteligencia y eso les da una gran ventaja... a la hora de apoderarse de los mares del mundo entero, hacer con sus tesoros... y hacer sufrir a los demás.

La Isla PerdidaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora