🏆 Finalista de los Wattys 2021🏆
"Si al principio la idea no es absurda, entonces no hay esperanza para ella."
Emmelie es una chica dulce e impulsiva, y a menudo pensaba que jamás conocería a alguien que la entendiera.
Carlos es tranquilo y tiene u...
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Emmelie
Presente/Febrero
Una tarde espléndida. Todo el paseo por las instalaciones de la NASA, ver la forma en que el personal trabajaba. Entrar al museo, visitar el planetario y subir al observatorio. Una de las mejores tardes de mi vida sin duda. Quedarme observando las estrellas, sacando conclusiones a planteamientos que había tenido desde niña. Todo era tal cual lo había imaginado.
Lo único que lamentaba era no poder compartirlo con la persona que hizo esto posible.
Revisé mi teléfono constantemente para ver si había algún mensaje de su parte. Una llamada perdida. Algo que demostrara que estaba pensando en mí tanto como yo lo hacía en él.
Un suspiro se me escapó.
—La visita guiada ha llegado a su fin —indicó la guía—. Pueden salir por aquí.
Seguí a mi grupo hasta la salida, despidiéndome de ese lugar con pesar. Caminé hasta llegar a un parque que estaba frente a mi hotel. Planeaba regresar a Nueva York al día siguiente, aunque todavía no había reservado el boleto y tal vez debía apresurarme con esa tarea.
Justo cuando cruzaba ese pequeño parque vi un carrito de helados de cono. El recuerdo de Carlos comprándome uno hace tanto tiempo pasó como un flash a través de mi mente. Me acerqué y compré uno, ese día sí llevaba la cartera conmigo.
Después de pedir uno de chocolate porque no tenían de coco ni de mora, me senté en un banco frente a la bulliciosa fuente de agua. Viendo como algunos pajaritos azules se acercaban a tomar agua y a bañarse. Un señor que rondaba los sesenta se sentó a mi lado.
—Te pareces a mi nieta —me volví hacia él. Parecía un abuelo muy amable que salía a dar un paseo por las tardes frías de invierno. Me hizo recordar a mi abuela que se había ido hace mucho tiempo.
—¿Cómo es ella? —pregunté curiosa. Tenía que distraerme con algo o mis ojos se quedarían pegados al celular esperando una llamada durante lo que quedaba de la tarde.
—Muy curiosa —dijo él con una sonrisa avispada que me hizo avergonzar por hacer preguntas impertinentes—. Y también le encanta el helado.
—¿Cómo sabe que me gusta el helado? —inquirí aún con más curiosidad.
—Solo a alguien que verdaderamente le gusta, comería helado con este clima helado.
Sonreí. Carlos solía decirme lo mismo.
—No tienes que estar triste por un chico —dijo de repente.
—No estoy triste.
—Solo decepcionada —respondió y me empezó a dar miedo lo bien que me estaba leyendo—. ¿Por qué no haces la llamada tú?
Volví a darle un vistazo al móvil.
—No lo sé. No quiero parecer desesperada.
—Eso de las apariencias son una pérdida de tiempo —contestó amargamente—. Perdí la mayor parte de mi juventud aparentando ser alguien más para atraer la atención de los demás. No sirvió de nada, el único perjudicado fui yo.
—Pero yo no aparento ser alguien que no soy —repliqué. Él alzó una ceja escéptico.
—Entonces, ¿por qué no aplastas ese botón de llamada?
—Prometimos tomarlo con calma. Es por eso que no quiero parecer desesperada.
Él suavizó su expresión.
—Están perdiendo tiempo separados, querida. Podrías arrepentirte de tu decisión cuando ya no les quede tiempo juntos.
—¿Qué quiere decir?
—La vida pasa volando —se levanta del banco y se estira con un poco de dificultad—. No digo que no esté bien hacer las cosas correctamente, sin embargo, ¿si se quieren, de verdad hay algo que esperar para estar juntos?
Sonrío con el corazón latiendo rápido. Han pasado dos meses desde que lo vi en persona la última vez. Solo nos hemos mensajeado y hecho llamadas, no sé porqué, en realidad. Todo este tiempo sentí que lo mejor era esperar a un mejor momento para ser feliz de nuevo, pero, ¿por qué no ahora?
Entonces, me di cuenta que cada vez que pensaba en él, los recuerdos de el error que cometió hace dos años ya no me dolían. Las ilusiones y las esperanzas me invadieron al mismo tiempo que me levantaba de mi asiento.
—Es usted alguien muy romántico —dije emocionada.
—Y tú, una chica bastante despistada —miró hacia el suelo. Hacia sus zapatos más específicamente donde mi helado de chocolate descansaba. Volví la vista hacia el cono vacío que yacía en mi mano.
—Oh, rayos —me lamenté—. Lo siento tanto. No se suponía que terminara allí...
Él alzó una mano.
—No te preocupes, no es nada del otro mundo —sonríe con calidez.
—Pediré una servilleta y trataré de arreglarlo.
Ni siquiera di un paso antes de que el señor me detuviera.
—Este viejo puede arreglar esto solo —dijo—. Creo que tú tienes que hacer una llamada.
Me quedé un rato pensando en sus palabras y luego negué con la cabeza.
—No, una llamada no —él señor me miró sorprendido—. Tengo que tomar un vuelo. Si haré esto, lo haré en persona.
Él volvió a sonreír y le correspondí.
—Muchas gracias.
—Cuando quieras, solo asegúrate de no volver a derramar un helado.
—Lo intentaré —dije, sabiendo que no podía prometerle eso y comencé a correr con dirección al hotel para recoger mis cosas y regresar a Nueva York.
❤·❤·❤
En una hora había logrado obtener un boleto de avión, uno que me costó mucho, pero que valdría la pena el precio. Después de todo, por fin podría estar con la persona de la que estaba enamorada.
No podía creer que todo estuviera resultando por fin. A veces sentía que la decisión que había tomado hace dos años había sido algo inmaduro por mi parte. El amor puede hacer lo que sea contigo, desde darte esa sensación de plenitud y alegría completa hasta hacerte sentir que ya no puedes seguir adelante por el dolor tan real en tu pecho.
Yo sabía que había manejado mal ese dolor de ver al amor de mi vida con otra persona, pero estaba tan hundida en esa sensación desgarradora que no pensé las cosas bien antes de hacerlas. Al mismo tiempo, creo que era necesario distanciarse de él un tiempo porque no podía ser sano que sintiera tanto dolor y desesperación por un beso que no significaba nada para él.
Pensé que podía juzgar mejor a los demás porque sabía lo que era cuando te juzgan sin conocerte, sin saber de lo que eres capaz de hacer y lo que no. Pensé que era una chica más madura capaz de tomar decisiones sin dañar a los demás con mis palabras, pero terminé haciendo todo lo contrario cuando no le creí a Carlos, cuando le dije esas cosas horribles ese día.
Cometí errores de los que todavía me arrepiento y sé que una de las razones por las que no contacté a Carlos durante el tiempo que estuvimos separados fue porque sabía que además de no perdonarle lo que hizo, yo tampoco me había perdonado por no haberme tomado las cosas con calma y sí haber actuado con el dolor como impulso.
Cuando lo vi en esa fiesta, en mi primera fiesta universitaria, solo pude pensar en que ya no podía seguir huyendo de él. Su mirada llena de resentimiento, pero al mismo tiempo de anhelo y amor me golpeó como nada. La respiración se me dificultó y de un momento a otro solo sabía que me iba a desmayar por todo el alcohol y el impacto de verle después de dos largos años. Al despertar la mañana siguiente, solo quise desaparecer porque no estaba lista para enfrentarlo.
Y ahora, después de tanto tiempo, sabía que era hora.
Era hora de arreglar lo que habíamos arruinado dos años antes y no estaba dispuesta a salir huyendo de nuevo.