🏆 Finalista de los Wattys 2021🏆
"Si al principio la idea no es absurda, entonces no hay esperanza para ella."
Emmelie es una chica dulce e impulsiva, y a menudo pensaba que jamás conocería a alguien que la entendiera.
Carlos es tranquilo y tiene u...
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Emmelie
Dos años antes
No podía contar la cantidad de llamadas que le había hecho al número de... ¿mi novio? ¿Mi ex novio?
Ya no lo sabía.
Él había dejado de asistir al instituto tres días enteros.
Tampoco contestaba ninguna de mis llamadas. ¡Ni una sola!
Lidia tampoco lo había visto, pero me dijo que había hablado con Raquel, la esposa de su hermano. Según ella, él estaba bien.
Y, Dios, los celos arrasadores que me habían quemado las entrañas cuando me enteré que a ella sí le contestaba el teléfono. Entendía que no quisiera hablar conmigo. Después de todo fui yo quien le ocultó que estaría mudándome en pocos días.
Pero, ¡joder! Yo también tenía el corazón roto y encima él quería matarme de la preocupación.
No había derramado ni una sola lágrima, pero sospechaba que era cuestión de tiempo antes de que no soportara aguantarlas más.
Él no solo era la persona de quien me había enamorado. Era mi amigo, esa persona con quien podía actuar como quisiera y no me juzgaría por nada. Él era esa clase de persona a la que era difícil derretir, pero cuando lo lograbas, no podías desear a alguien mejor.
Y sentía que yo había destrozado lo que teníamos. Todo.
O tal vez solo tenía que darle tiempo, como decía mi hermana. Y dejar de pensar lo peor como siempre hacía.
—¡Emmelie! —salté en la cama de mi hermana, la parte inferior de la litera, y me golpeé la cabeza con las tablas que sostenían mi cama—. Deja ese hábito molesto de morderte los labios —mi hermana se acercó a mí sin molestarse en pedirme perdón por haber hecho que me golpeara en la cabeza y me agarró las mejillas con una sola mano para inspeccionar mi cara—. ¡Te los estás destrozando!
Se dio la vuelta para tomar algo de la cómoda frente a mí donde guardábamos todos los implementos de maquillaje, incluidos perfumes, humectantes y otras cosas más.
Luego de unos segundos ella se volvió y me tendió una barra de manteca de cacao.
—Venga. Póntelo. Y no quiero saber que has vuelto a morderte los labios —se cruzó de brazos mientras yo me ponía el cacao—. Ahora baja este momento. Mamá y papá quieren decirnos algo —ella por fin sonrió—. Estoy segura de que te gustarán las noticias.
Así que le seguí. Al menos eso me iba a distraer un poco de mi obsesión porque Carlos me contestara las llamadas y los mensajes.
En el salón estaba mi familia completa. Evan, con quien todavía no me hablaba, estaba sentado en el sillón con los codos sobre las rodillas mientras veía su celular fijamente, esperando algo.