Capítulo 37

2.4K 205 22
                                        

Pedí que me subieran la comida por el montaplatos con la excusa de que tenía que estar sola hablando con mi madre. A todos les pareció bien, así que comimos cada uno en sus habitaciones.

Amanda miraba mi plato con la esperanza de que le diera de comer, así que me acerqué a ella y le sonreí.

- Mejor que no comas, estás más gorda y no pudes comer tantas calorías.

Me lo estaba pasando en grande, no voy a mentir. Por una parte sabía que era algo bastante cruel, pero ¿qué más da? ella había sido cruel desde el primer momento en el que llegué al mundo.

- Cuando me enviasteis al internado me pareció un castigo, pero en realidad ha sido lo mejor que me habéis podido dar, vosotros sois la razón de que mi vida sea desgraciada.

Hizo algunos sonidos extraños al intentar hablar, pero yo negué con la cabeza y la hice callar de nuevo.

- No, me estoy quejando yo, tú escuchas todo lo que no me has escuchado decir todos estos años, ahora te jodes tú.

La oí suspirar y yo sonreí. Me estaba gustando esto de que yo manejara el cotarro.

Deslicé mis manos por el pantalón que llevaba para limpiar mis dedos. Accidentalmente me llené la ropa de salsa de tomate.

- Uy, qué pena, tendré que tirar estos pantalones tan incómodos, en serio ¿tienes algún tipo de estilo que no parezca el de la reina de Inglaterra?

Cogí el tenedor y le di vueltas para enrrollar los espaguetis integrales en él. Me lo llevé a la boca y mastiqué con los labios manchados de tomate. Vi cómo mi madre ponía los ojos en blanco y tragué para hablar.

- Sí, soy humana y me mancho al comer.

Incluso sin decir una palabra podía oír su pensamiento, Amanda Ferrari siempre mantendría esa mirada, generando cierto impacto que atemorizaría a cualquiera. Es lo único que admiro de mi madre y lo poco que me gustaría haber heredado de ella.

Mientras me concentraba en enredar más pasta en mi tenedor, fui interrumpida por unos nudillos en mi puerta. ¿Porqué no podía ser invisible?

Me levanté y caminé descalza por mi habitación, el suelo de parqué crujía bajo mis pies mientras empujaba la silla en la que estaba mi madre sentada hacia el vestidor.

- ¡Ya voy, un momento!

Cerré las puertas del vestidor y me dirigí de nuevo a la puerta. Abrí con una sonrisa y la persona que había detrás, una chica alta, guapa y... Pelirroja, me devolvió la sonrisa.

- ¿Puedo ayudarte? - pregunté.

- Sí, llamaste a mi superior.

Mi sonrisa se esfumó y cogí a la susodicha del brazo, metiéndola en mi habitación de un empujón. Cerré tras de mí y mantuve mi espalda pegada a la puerta.

- Sí ¿eres la que han enviado?

Se giró a mirarme, su mano desapareció en su espalda y me tensé de inmediato, pero la sacó con lo que parecía una cartera. La abrió y dentro estaba su identificación.

- Sí, soy Alexandra, de la secreta, acabo de llegar con tu padre del hotel.

- ¿Te has acostado con él?

Mi cara de asco lo decia todo, pero por si fuera poco, también acompañó mi tono de voz, seguido de fingir una arcada.

- Por dios, no, le eché un somnífero en su copa y cayó redondo en cuanto pisó la habitación, me ha traído aquí como compensación, le he coaccionado para que me invitara.

20cm InolvidablesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora