Veintiocho

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Antes de que empecéis a leer, quiero deciros que este es el penúltimo capítulo.
Sé que soy muy pesada pidiéndoles comentarios, pero me gusta saber vuestra opinión.
Bueno, os dejo con la historia
Besos.

♥️♥️

Los meses pasaban y mi barriga, crecía. Daniel insistía en llevarme a los mejores médicos, pero yo estaba muy contenta con la ginecóloga que tenía allí en Londres. Ella me indicaba todo lo que tenía que hacer y la verdad, que me iba bastante bien.

Me encontraba en mi quinto mes de embarazo y aquella noche de viernes, teniamos una cena con Rupert, Emma y Tom allí en casa. Cada uno acudió con sus parejas, obvio que Tom con mi amiga.
- ¿Cómo van esos preparativos de boda?- preguntó Emma cogiendo su copa de vino.
- Bien, pero algo estresante- respondió Ana- Sólo quiero que llegue el día, simplemente para librarme de tanto preparativo.
- Eso no es nada, Ana- respondí yo.
- Si, después de la boda, quiero verte como Mary- dijo Tom, quien estaba sentado en la otra punta de la mesa junto a Rupert.
- Por tu bien y por el bien de tu linda cabecita, espero que no sea tan pronto- dijo mi amiga entrecerrando los ojos.
Reí ante la amenaza de Ana. Tom también rió.
- Esta chica es de armas tomar- escuché decir a Georgia, la novia de Rupert.
- No lo sabes tú bien- añadió Daniel, quien provocó las risas de todos.
- ¿Y tú qué tal llevas el embarazo?- me pregunto Georgia.
- Bien, aunque cada día más gorda- hice un puchero.- Me estoy poniendo enorme.
- No digas eso, cariño. Estás estupenda- dijo Daniel y sentí su mano apretando mi muslo por debajo de la mesa.
Lo miré y sonreí.
- Es algo normal, Mary- dijo la novia de Rupert- El bebé crece y, nosotras de camino, también.
Ambas reímos.
- ¿Y sabéis el sexo?- preguntó Emma.
- No, aún no. Nos lo dicen la semana que viene- respondí.
- Yo repito lo que dije en su día, espero que se parezca a su madre- dijo Tom bromeando.
Volvimos a reírnos todos y así, pasamos la noche entre risas y charlas de un grupo de amigos.

A los siete meses, decidimos arreglar la habitación del bebé. Nos habían dicho que iba ser niña. Pintamos la habitación en tonos malva y beige, con muebles blancos. La decoramos con muchos peluches, y algunos juguetes, incluso en la estantería, colocamos cuentos que le leeriamos por las noches. Todo quedó perfecto, solo nos quedaba por elegir el nombre.
- ¿Y si le ponemos tu nombre?- me dijo Daniel una noche mientras cenábamos.
Intentaba reducir sus rodajes para pasar el máximo tiempo posible conmigo.
- Prefiero que tenga otro. Siempre me gustó Emma, o Carlota, o Carolina. Pero no sé...
- ¿Dafne, Piper, Prue, Rachel, Regina, Sarah? - decía Daniel desesperado.
- Yo pensaba que esto iba ser más sencillo.- reí nerviosa.
Daniel se acercó a mí y me abrazó por detrás. Me dio un beso en la cabeza y puso su cabeza en mi hombro.
- No te preocupes, ya encontraremos el nombre perfecto para ella.
- Eso espero...- dije y suspiré.

Aquella mañana, me desperté sobresaltada. Me noté mojada.
"¿Desde cuándo me hacía pis en la cama?, Un momento, ¿Había dicho pis?"
Mis manos volaron hacia mi vientre. No me había hecho pis, había roto aguas.
Giré la cabeza hacia donde dormía Daniel, dispuesta a despertar a mí marido, pero no estaba allí.
-¡DANIEL! ¡DANIEL!- grité como una loca.
Me levanté de la cama con cuidado. Sabía que esto iba a pasar de un momento a otro. Había cumplido ya los nueve meses y mi doctora me lo había dicho, que en cualquier momento, rompería agua. Y ahí estaba.
La puerta del dormitorio se abrió de golpe y vi entrar a mi marido con la cara descolocada.
-¿Qué...?
- ¡Tu hija viene ya!- lo interrumpí.
- ¿Cómo?
-¡Joper, Daniel! Estoy de parto. Coge el bolso y todo. Nos vamos ya para el hospital...
Daniel corría por la habitación, entró en el vestidor para coger la bolsa de la bebé. Yo allí plantada en medio de la habitación, lo miraba. De repente, me entró la risa.
-¿Qué te pasa?- preguntó Daniel mirándome como si estuviera loca.
- Vístete, por favor, no quiero que te pongas malo. Vas solo con el pantalón del pijama.
Daniel se paró un segundo y se miró en el espejo de la cómoda. Se dirigió al vestidor y cogió una sudadera y un pantalón de chándal. Los tiró en la cama y se bajó el pantalón del pijama para ponerse la ropa.
- Y ponte unos calzoncillos- dije aún riéndome.
-¿Ahora te vas a asustar de verme así?- preguntó abriendo un cajón de la mesita de noche y cogiendo unos calzoncillos.
Volví a reírme y Daniel se terminó de vestir. Se acercó a mí y me besó, luego, me besó en la barriga.
- Mamá y tu vais a volverme loco.- me cogió de la mano y dijo- Vamos.
Bajamos y salimos de casa. Cogió su coche y nos fuimos para el hospital, al cual llamó mientras íbamos.
Ya nos esperaban en la puerta e inmediatamente, me subieron en una silla de ruedas y me llevaron a paritorio.
- Señor Radcliffe, tiene que rellenar unos papeles para su esposa y podrá pasar con ella.
Lo vi alejarse con una enfermera, mientras a mí me llevaban dentro y me preparaban para tener a mi bebé. Las contracciones empezaron y cada vez más fuertes. Daniel llegó en el momento que me subieron a la camilla para parir.
- ¡Dios, como duele!- grité.
- Señora Radcliffe, cuando le diga, empuje- dijo la doctora.
- Puedes agarrar la mano de tu esposo, eso ayuda- me dijo una enfermera.
Eso hice y la doctora me indicó que empujara.
Una, dos, tres empujones. Yo apretaba la mano de Daniel cómo si no hubiera un mañana. Sabía que le estaba haciendo daño, pero no se quejó en ningún momento. Al contrario, me animaba.
- Un empujón más y sale.
- Vamos, cariño, tú puedes- dijo Daniel.
Empujé, empujé con todas mis fuerzas para que mi bebé saliera. Sentí que ya no podía más cuando escuché un bebé llorar.
Mi bebé.
- Señora Radcliffe, aquí tiene a su bebé. Una hermosa niña. - dijo la enfermera entregándome un bultito entre sábanas.
Me incorporé un poco para cogerla entre mis brazos. La miré y luego a Daniel.
- Es perfecta- dijo mi marido.
- Carolina Piper Radcliffe- dije y sentí como Daniel me besó en la frente.

Volvimos a casa dos días después. Allí nos esperaban Ana, Tom, los padres de Daniel y, para mi sorpresa, mis padres. Nos rodearon de inmediato.
- ¡Quiero ver a mi sobrina!- gritaba Ana.
- Primero los abuelos- oí decir a Alan, el padre de Daniel.
- Hay tiempo para todos. No agobiemos a Mary, por favor- dijo Daniel ayudándome a sentarme en el sofá.
Marcia y mi madre se sentaron a cada lado mía. Miraban a la bebé como si fuera algo extraordinario.
La tarde pasó entre charlas, grititos de emoción de Ana y fotos de todos.
Por la noche, cuando acostamos a Carolina en su cuna y nos acostamos en nuestra cama, Daniel habló:
- Ya pensaba que no lo lograríamos, pero ahí está nuestro pequeño milagro.
- Si, gracias a Dios, ya está aquí con nosotros.
- Solo espero que sea una niña fuerte, sana y tan bonita como su madre.
- Al menos, ha sacado los ojos de su padre.- dije acurrucandome junto a él.
- Si, su tío Tom puede estar satisfecho- dijo y me reí.
- Anda ya, sea como sea la vamos a querer igual.
- Eso si. Cuando estés dispuesta, vamos a por el segundo- dijo y le di un golpe en el brazo- No, no tranquila. Lo decía en broma. Criemos primero a esta y ya pensaremos eso mucho más adelante.
- Eso mismo.
Reímos.
- Señora Radcliffe, gracias por hacerme tan feliz.
- Todo un placer, señor Radcliffe.
Me besó en la cabeza y de aquella manera nos quedamos dormidos.

El verano de mi vida (Completa)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora