Capítulo 4

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Valerie

Me arrepiento de ayer.

Escuché un sonido confirmando que era hora de levantarme, era la maldita alarma.

Intenté levantarme, pero fue inútil, fue como si mi cerebro y cuerpo no estuvieran sincronizados, después de varios intentos fallidos me levanté, pero todo se fue a la mierda cuando fui directo al baño a vomitar.

Después de la vomitada de mi vida y una ducha de quince minutos, por fin pude ver mi celular. Mi cara tuvo que ser fotografiada en ese momento de lo pálida que me puse. ¡Eran las siete y media de la mañana!

Mierda.

Se suponía que tenía que estar de camino a la empresa, pero apenas estaba solo con una toalla. Perfecto, Valerie.

Como pude me dirigí rápidamente al armario y me puse unos jeans anchos, una camisa blanca y una chaqueta negra, me deje el pelo suelto y por último me puse unos tacones no tan grandes.

Agarra mis cosas y baje por el ascensor mientras por mi celular pedía un Uber, mi cabeza palpitaba lo suficientemente fuerte para hacerme cerrar los ojos.

Al salir a la calle solo tuve que esperar unos minutos antes de que llegara el Uber, me subí y vi la hora, siete y cincuenta. No estaba ni tan atrasada, ¿verdad?

Apenas llegué, salté del asiento y me apresuré hacia la entrada del edificio, las puertas automáticas se abrieron y me dirigí hacia la recepcionista sin detallar al lugar, luego tendría tiempo.

-Hola, soy la nueva empleada y me dijeron que tenía que encontrarme con Daniel Silvestri. ¿Sabes dónde debo esperarlo?

No respondió.

Siguió escribiendo con sus uñas largas pintadas de rojo sangre en su ordenador.

-Te estoy hablando -dije más irritada.

-Sí, sí. El señor Daniel está en la cafetería, a la derecha.

Ni me miro, la gente de aquí si era rara. Me fui antes de que le lanzara una grosería.

Dejé mis opiniones a un lado cuando me tropecé con alguien sin querer. Hago un sonido por el impacto en mi nariz y frunzo el ceño ante el traje negro que tengo al frente.

-Fíjate por donde vas. -regaña una voz profunda.

Elevo mi cabeza para fijarme en unos ojos marrones, fríos y duros.

-Bueno, tú eres el obstáculo en el camino, genio. -replico mientras daba un paso atrás.

-¿Qué te pasa y tus modales, empleada? ¿Quieres que te despida?

Lo miré con indignación, ¿quién se creía este idiota?

-¿Y tú quién eres para darme órdenes?

-Daniel Silvestri -dijo con una sonrisa de superioridad.

Ahí mismo me quedé en shock, no podía ser cierto, la poca suerte que tenía yo, ya me había peleado con mi jefe, increíble.

-¿Qué? ¿Ahora te quedaste sin palabras?

Le doy una mirada dura.

-¿Qué tal si pretendemos que no eres un imbécil y me enseñas el lugar, hecho?

-¿Así que eres White, mmm?

-Aja, ¿empezamos, jefe?

-Lo que sea. -dice antes de empezar a dar grandes zancadas.

Perfecta ConquistaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora