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En su viaje a Nepal Lara recuperó el fragmento restante entre los restos del jet en que se accidentaron años atrás. Después fue al zócalo dónde Amelia desapareció, el tiempo, implacable, había quebrado la piedra en ruinas. Aun así, se arrodilló frente a ella, ensambló los trozos con ayuda del artefacto magnético recuperado en el jet y, ante sus ojos incrédulos, la Excalibur volvió a forjarse de manera épica entre luces que emergían de tal forjamiento.

Aunque la certeza del fracaso pesaba sobre ella, la esperanza le obligó a repetir el gesto de sus recuerdos: insertó la espada en la roca para colocarla del mismo modo en que ella la recuerda. Pero la piedra, debilitada por el tiempo, se derrumbó sin despertar o luz poder alguna.

Desesperada se resignó, ahora que tenía en sus manos la llave, la Excalibur, el zócalo de Nepal ya no existía. Solo quedaba el de Bolivia. Era inevitable, tendría que enfrentarse a Natla, Rutland y sus mercenarios.

Yo me sentía desolado, consciente de que su mente se hundía en culpas antiguas, donde la única persona más allá de su madre, que tenía cabida en su mente, era Amanda. La herida con Amanda ardía más que nunca: dos amigas separadas por la tragedia, ahora enemigas. Lara había sacrificado a Amanda en el pasado; después se arrepintió, pidió perdón, pero Amanda no podía perdonarla. ¿Cómo absolver a quien te empujó al abismo, aunque lo hiciera en nombre de la supervivencia?

No comprendo la razón del porque Lara no era capaz de dimensionar y entender las razones de Amanda. Digo, prácticamente la sacrificó, aunque después se arrepintió y a pesar de que hoy Lara fuera una persona distinta y madura, el pasado no podía cambiarse, ella hizo lo que pudo, disculparse, pero era absurdo que a Lara aún no le cabía en la cabeza porque Amanda no podía aceptar sus disculpas.

Cuando llegó el momento de usar el zócalo de Bolivia, Lara se enfrentó a Rutland y a Amanda. Su combate fue glorioso y, aunque yo temblaba al verla rodeada de fuego y acero, nunca dudé: había nacido para vencer. Zip y yo veíamos todo por las cámaras.

—El que si interponga en mí y esa piedra morirá.— Advirtió sin temer en su avanzar, con la furia de una profecía.

—Detente, no quiero que te pase nada malo, pero si te acercas más— le amenazó Amanda, y antes de que pudiera terminar Lara utilizó la corriente energética que emanaba la Excalibur y los apartó del zócalo.

Lara no esperó. La Excalibur estalló en un rayo de energía, apartando a todos del zócalo. Los cuerpos volaron como hojas al viento, y Rutland, malherido en el suelo, pronunció su orden.

—Mátenla...

Los mercenarios abrieron fuego, pero sus balas eran insignificantes ante el poder de la espada. Lara esquivó, contraatacó, y uno a uno cayeron todos. Al final, Rutland yacía sin vida. Amanda lo sostenía, llorando sobre su cadáver, y por un instante Lara dudó. Había causado demasiado dolor a Amanda, y esa culpa pesaba sobre ella como hierro ardiente. Pero no podía detenerse, el portal la llamaba. No había cabida para distraerse como lo había hecho durante sus años de inmadurez exploradora.

—Lo siento mucho Amanda, de verdad.— murmuró antes de seguir hacia el zócalo.

—¿Qué haces?, aléjate de ahí. — rugió Amanda, arrancando de su cuello el amuleto que controlaba a la entidad protectora.

—Para esto vine— Amanda se levantó, de su cuello arrancó el collar decorado con la piedra que controlaba a la entidad protectora del tesoro, y amenazante la miró.

—No necesitas eso, podemos hacerlo juntas.

—¡Solo funciona una vez, y voy a hacerlo yo!

Lara adoptó posición de combate, aceptando el desafío con la Excalibur en mano. Amanda, con los ojos cerrados, comenzó a conjurar entre susurros. El amuleto levitó entre sus manos, girando lentamente mientras una luz anaranjada se expandía, surcada de destellos eléctricos. En un instante, Amanda se transfiguró en la entidad de Paraíso.

Lara se desplazó entre las columnas que rodeaban el zócalo, usándolas como resguardo. Ambas sabían que no podían destruirlas pues eran parte del conjunto del pedestal. La lucha fue feroz: acero contra energía, voluntad contra poder arcano. Al final, Lara logró derribar a Amanda, que quedó tendida e inconsciente, la entidad se desvaneció en el aire. Sin perder tiempo, Lara le arrebató la piedra y, arrodillándose a su lado, la miró con una punzada de lástima antes de levantarse.

Con cuidado, recolocó las columnas tal como las había visto en su infancia, en el Himalaya. Luego, introdujo la Excalibur en el zócalo. El portal se activó de inmediato, desbordando luz. Y al otro lado, entre el resplandor, Lara reconoció las voces. Eran ella y su madre en el pasado. Finalmente la vio, del otro lado estaba su madre.

 Finalmente la vio, del otro lado estaba su madre

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—No, atrás. ¡Dios mío, ¿qué es eso?! —Era la voz de Amelia, su madre. El llanto de Lara quedó expuesto ante el cambio afligido de su respiración.

—En la luz... hay algo. —Esa era la voz infantil de Lara.

—Quédate aquí. —Ordenó su madre en el pasado.

—¿Qué, ¿quién eres? —Preguntó Amelia a través del portal, su voz se escuchaba difusa, como una bocina bajo el agua, ambas se vieron frente a frente. Madre e hija, solo una de ellas sabía quién era la persona que tenía al frente.

—¡Mamá! —exclamó Lara. —¡Soy Lara! ¡tu hija!

—¿Qué? ¿qué pasa con mi hija? —La confusión se filtraba en la voz de Amelia. Ambas percibían las palabras de la otra como un murmullo difuso. Fue entonces cuando Lara comprendió: su madre había estado hablándole todo ese tiempo desde el pasado.

—¡No toques la espada! —gritó Lara buscando impedir que su madre retirara la espada de la piedra al otro lado, buscando cambiar el pasado.

—¡Saca la espada! —Amanda le advirtió a Lara.

—¿Qué? —Lara miró desconcertada a Amanda— ¡No! Mamá escúchame— suplicó Lara con desesperación y rasgueos en su voz, eran chillidos.

—¡Todo va a explotar si no sacas la espada! —Repitió Amanda.

—¡Oh dios, no! —gritó Amelia, retirando la espada de la piedra para evitar una catástrofe.

Y el portal comenzó a radiar una luz destellante, amenazadora. Lara saltó eludiéndose del zócalo para no salir lastimada por la explosión del portal.

—¡Idiota, echaste todo a perder! —Amanda vociferó, mirándola con odio.

—Todos estos años me culpé a mí misma... pero fuiste tú. Tú la mataste.

—¿Matarla? no está muerta. Fue a donde se suponía que iba a ir yo ¿Dónde podrías haber ido tú!

—¡Explícame este galimatías o te juro que te ejecutaré ahora mismo!

—Te dije que sacaras la espada, te lo dije a ti —explicó Amanda, pero Lara cegada por el coraje comenzó a dispararle cerca de la cabeza para ordenarle responder.

—¡¿Dónde —bang— está —bang— mi —bang— madre?!

—En Avalon, no es un mito. Nunca lo entenderás, estoy malgastando aliento.

La revelación la golpeó con fuerza, pero la confusión pesaba aún más. Lara entendió, aunque tarde, que Amanda tenía razón, no comprendía nada. Con un movimiento seco, la noqueó y, de pie sobre su cuerpo, pronunció con voz gélida:

—A partir de ahora, cada vez que respires será gracias a mí.

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