Día 27: Sangre.

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La campana que indicaba el final de las clases había sonado. Ajeno a la felicidad de todos los demás, un halcón adolescente se apartó para sentarse en una banca y pensar en lo suyo.

No mucho después llegó un coyote adulto.

—¿Puedo?

—Sí, por supuesto —permitió el joven.

El profesor tomó asiento.

—Últimamente te veo muy decaído, y tus calificaciones han bajado mucho. No necesito ser adivino para saber que algo te está inquietando —señaló el coyote, mirando con sus ojos azules a los demás estudiantes. El viento movió un poco su pelaje marrón.

El halcón igual miraba a sus compañeros. De sus orbes carmesí brotaba un aura de intranquilidad.

—Me estoy replanteando si de verdad quiero ser hechicero —reveló, contrariado —. Hay cosas que he aprendido, y otras tantas que he descubierto por mi cuenta, que no son de mi agrado. Yo deseo proteger. ¿Cómo es posible que lo haga cuando los hechizos que voy a usar fueron escritos con sangre hace mucho tiempo?

Con esa duda el coyote se quedó callado mientras esperaba que unos estudiantes que pasaban cerca siguieran su camino. Otra pequeña brisa apareció, moviendo las plumas blancas del halcón.

Cuando vio la oportunidad, el profesor retomó la palabra.

—¿Sabes? Te comprendo. Por algo enseñamos que cada hechizo, por más simple que sea, forma parte de una realidad —empezó, calmado —. Sin embargo, como muchas cosas, está en nosotros crear nuevas realidades. Podemos cambiar el dolor por alegría. El llanto por gozo. Y nunca es demasiado tarde para eso —concluyó.

Luego de una pequeña pausa, añadió:

—Sea cual sea la decisión que tomes, la voy a respetar. Tan solo asegúrate de escuchar bien a tu corazón —aconsejó.

Con eso el profesor se retiró dejando al halcón con la mente un poco más despejada.

Furtuber2020Donde viven las historias. Descúbrelo ahora