Día 14: Sempiterno.

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Dentro del castillo de la corona se respiraba una mezcla de sensaciones. Gozo e incertidumbre, dudas y convicciones, ya que en esa tarde se estaba por celebrar la coronación del nuevo rey.

Dos guardias custodiaban la puerta que daba con la sala del trono. Con un semblante serio, los osos escuchaban los pocos murmullos que lograban atravesar la puerta, pero no podían concentrarse en ellos. Sus propias inquietudes los mantenían fuera sí, al punto al que podría decirse que uno escuchaba los pensamientos del otro.

—Debería estar feliz por el joven que consiguió ser rey, pero las dudas no me dejan tranquilo —dijo uno acomodándose el casco y sosteniendo firme su lanza.

—Yo estoy en el otro extremo —confesó el otro —. Por alguna razón tengo una excesiva confianza de nuestro nuevo rey. Como si el viento soplara a nuestro favor, cosa que no sentía desde hace mucho.

La conversación de esos dos se vio interrumpida por una voz del otro lado de la puerta pidiendo que todos se pusieran de pie.

—Quisiera un poco de esa confianza —deseó el primero.

—Quisiera poder dártela —deseó el segundo.

Ipso facto, el mismo oso añadió:

—Pero eso debe ser algo genuino del corazón de cada quien. El solo hecho de que aquel ratón llegara a ser nuestro rey es, al menos para mí, prueba irrefutable de que los milagros existen. Por eso anhelo con toda la fe que mi cuerpo puede contener que ese joven nos lleve a la prosperidad. Que empiece desde cero un reinado sempiterno, que ni su muerte pueda derrumbar. Del que haga falta destruir la existencia misma para aplastar su legado.

Tan pronto terminó aquella gloriosa declaración, del otro lado de la puerta se escuchó otra exclamación más fuerte:

—¡Larga vida al rey!

Los guardias golpearon el suelo con sus lanzas.

—¡Larga vida al rey! —repitieron unánimes con el tumulto que había allí dentro recibiendo a su nuevo gobernante.

Furtuber2020Donde viven las historias. Descúbrelo ahora