Capítulo 64

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Cuando Amanda y Daniel llegaron a casa, Daniel entró corriendo a la habitación de Zoe para mostrarle una extraña pero magnifica piedra que él abuelo le había regalado.

Pero él vio algo que nunca en su vida borraría, que lo amenazaría siempre a quedarse despierto porque si cerraba los ojos vería de nuevo aquella imagen.

Aquella horrorosa y maldita imagen.

Él corrió rápido al baño y del botiquín sacó una caja de curitas de dinosaurio que su mamá había comprado la semana pasada.

Cayó al lado de su hermana haciendo que se mancharan de rojo sus pequeñas rodillas.

Había terminado de colocar casi todos los curitas, pero era demasiado tarde.

Ni todos los curitas del mundo harían que en las venas de Zoe hubiera sangre de nuevo, porque ahora estaba por los suelos.

Amanda entró a la habitación pensando que Daniel ya estaba preparando a Zoe con la noticia del nuevo bebé pero, estaba equivocada.

Desesperadamente corrió hacia el cuerpo –sin vida– de su primogénita y la movió de un lado a otro pensando que abriría los ojos así como lo hizo cuando él doctor la dejó en sus brazos cuando llegó al mundo.

La vida terrenal se había ido de sus ojos.

No despertó y nunca lo haría.

Cada una de sus muñecas estaban abiertas y había un pequeño corte en su cuello.

Su hija se había suicidado.

Llorando, le suplicaba que despertara.

Pero Zoe no lo hizo.

Estaba pálida.

Pálida así como la vez que se mareo tanto en la feria, pálida así como cuando le tuvo que decir que había reprobado por primera vez un examen, pálida así como cuando vio partir a su padre de la casa.

Pálida y muerta, su pequeña Zoe.

¿Por qué había hecho eso?

-Mamá, ¿Zoe se fue como Simba? –preguntó Daniel mientras veía a su madre abrazar fuertemente a su hermana, llenando su blusa de sangre.

Las lágrimas de Amanda pronto se evaporarían, pero su sufrimiento no.

Zoe diciendo mamá por primera vez.

Zoe tratando de escribir su nombre.

Zoe juntando sus manos tratando de rezar.

Zoe sonriendo.

Zoe muerta.

-Mamá ¿Qué tiene Zoe? –preguntó Daniel inocentemente.

-Ella está muerta, ella está muerta, ella está muerta –y se soltó a llorar más.

Cicatrices | h.sDonde viven las historias. Descúbrelo ahora