Capítulo Ocho

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Al día siguiente es domingo, tengo el día libre. Así que despierto un poco más tarde de lo habitual, me levanto de la cama para ir a prepararme una taza de café y me encuentro a Erskin durmiendo sobre el teclado de su laptop.

Sin hacer mucho ruido camino hacia la cocina y preparo el desayuno y un poco de café. Cuando todo está listo coloco un plato de tostadas con huevos revueltos y una taza de café junto a él y me siento en frente a con mi plato y como; él empieza a moverse y levanta un poco la cabeza del teclado, su cachete está marcado por las pequeñas teclas y me rio mentalmente por eso.

–Buenos días –bebo de mi taza. Cuando me ve pega un salto del susto.

–¡Por Dios, mujer! –exclama

Le señalo el plato en la mesa.

–Allí está tu desayuno –se restriega los ojos para terminar de despertar y agradece, cierra la laptop haciéndola a un lado y bebe un poco del café.

–Casi me matas del susto –toca su pecho y sigue comiendo.

–Eres demasiado exagerado –me carcajeo.

–Y tú sonríes de una manera muy linda –mi sonrisa se desvanece y ahora el que sonríe es él–. ¿No puedes ni siquiera disimular el sonrojo? –Da el último bocado a su comida, me guiña un ojo y se levanta para ir a su habitación.

Horas más tarde, después de estar tirada en mi cama, decido hacer limpieza en la casa; primero barro, sacudo un poco el mueble de la televisión, friego los trastes que usamos para desayunar y trapeo. Al final quedo exhausta. Así que me arrojo en el sillón a descansar.

Me despierto y siento mis pies sobre algo, me acomodo y veo a Erskin sentado en la otra esquina debajo de mí, él está muy cómodo con las piernas estiradas y apoyadas sobre la mesita de madera frente al sillón y con su laptop descansando en el brazo del sillón.

Él tiene la cabeza recostada al respaldar y con los ojos cerrados tarareando algún tipo de canción en su idioma.

–¿Por qué no me has levantado? –Me mira alarmado.

–¿Por qué me asustas? –Cubre su rostro con la mano.

–No puedes responder una pregunta con otra –sonríe entre dientes.

–Porque no hacía falta –esta vez evita mi mirada y sigue trabajando en su laptop.

–Podrías haber ido al comedor, estarías mucho más cómodo –soy sarcástica.

–Pero yo me quería sentar aquí, ¿Cuál es el problema? –Bajo mis pies al suelo y me levanto para ir a mi cuarto.

Cuando entro veo por la ventana que está lloviendo muy fuerte y ya son las seis de la tarde; entonces decido abrigarme un poco y voy a la cocina a preparar la cena.

Lo miro sentado en el sillón mientras determino si debo preguntarle si desea algo o solo preparo comida para ambos. Estoy muy indecisa.

–¿Deseas algo en especial para cenar? –lo llamo en voz alta.

Él voltea a verme, reposando su brazo sobre el espaldar del sillón y niega.

–Lo que quieras, por mí está bien –dicho esto, vuelve a su trabajo.

Una vez término la cena preparo la mesa y lo llamo, pero él no responde. Pienso que tiene los auriculares puestos. Así que me acerco y veo que él está dormido; me resulta realmente gracioso.

Toco y muevo su hombro un par de veces hasta que logro que despierte.

–¿Por qué no te acuestas a dormir? –señalo su habitación–. O ¿Quieres comer?

Sacude un poco su melena roja, cierra su laptop y se levanta dejándola sobre el sillón.

–Muero de hambre –habla como si nada hubiera pasado y me rio a carcajadas en silencio.

Él se sienta y empieza a atacar las papas salteadas y el filete como si de verdad estuviera muriendo de hambre.

–Forastera, no puedes seguir haciendo esto –lo miro extrañada–. Harás que me acostumbre y que será de mí cuando decidas irte, Gia nunca cocinaba.

–¿Por qué me dices forastera? –Cambio el tema.

–Porque lo eres ¿O no? –Deja de comer y ahora me mira–. Llegaste aquí sin ninguna explicación, solo sé tu nombre, que te gusta el arte y en la actualidad eres mi roommate.

Rápidamente, me empiezo a sentir incómoda.

–No quiero hablar de eso –él ratifica y sigue comiendo.

–¿No piensas dar un bocado? –señala el plato intacto que se encuentra frente a mí, asiento y empiezo a devorar–. ¿Alguna otra pregunta? Carla.

Mastico y trago.

–¿Por qué no deseas que siga trabajando en el bar?

–Nunca he dicho que no quiera, solo prefiero no tener... –se queda callado un momento–. Tienes mejor oportunidad con tu trabajo actual, además gozas de un salario fijo y es en un ámbito relacionado con algo que te gusta.

No le respondo; decido dejar pasar el asunto y terminar de comer.

–Esta vez limpio yo –ni siquiera me he puesto de pie cuando él ya recoge mi plato de la mesa y camina hasta el fregador.

Al día siguiente me levanto mucho más temprano de lo normal y salgo a correr como es de costumbre. Al regresar, estoy tan acalorada que cuando abro la puerta, lo único que quiero es un vaso de agua; sin embargo, al poner un pie dentro me siento mucho más acalorada de lo que ya estaba. Erskin está de espalda a mí, en la cocina, preparando café y solo lleva puesto un bóxer. El gran fénix resurgiendo del fuego que se sitúa en la parte superior de su espalda me deja alucinando, llama mucho la atención, sus enormes alas cubren sus hombros. Su espalda es tremendamente sexy y tan firme que me dan ganas de acercarme y tocarla; reprimo esos pensamientos y le hago frente.

–Puedes explicarme ¿Qué haces desnudo y en la cocina?

Él se gira sorprendido, lo miro fijamente a la cara, evitando llevar la vista a otro punto de su cuerpo y empiezo a sudar otra vez.

–¡Carla! ¡Cielos! –Es la primera vez que lo escucho decir mi nombre por su cuenta y admito que me gusta cómo suena con su acento–. Pensé que estabas dormida, de todas formas, esta es mi casa.

«Perfecto» decido eludir el tema.

–Salí a correr un poco más temprano –«y creo no volver a hacerlo» camino a la nevera y evito con toda mi fuerza de voluntad mirarlo.

Al girarme su enorme cuerpo está frente a mí y lo esquivo para ir a mi habitación; él me toma del brazo y me detiene haciéndome girar. Ahora lo tengo otra vez frente a mí y esta vez muy cerca; mi vista está en su pecho y rápidamente observo el tatuaje que dibuje hace unos días en él. Puedo escuchar su respiración lenta y calmada.

–Tú también puedes sentir eso, verdad...

Se agacha un poco y levanto la cabeza para contemplar sus ojos, ahora nuestros rostros están a escasos centímetros.

–¿Sentir Qué? –suspiro y miro a sus labios anhelando poder tocarlos, él pasa su lengua por ellos mojándolos y cierro los ojos, sintiendo que mis piernas dejaran de servir en algún momento–. Me iré a dar un baño –doy la vuelta y me alejo de él lo más rápido posible.

Dulce CurvaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora