Quinto día - Parte 2

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—¿Lista, Liv?

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—¿Lista, Liv?

Luego de visitar a mamá, hablar con Wren y colorear mándalas juntas, Liv se acerca a mí. Se hizo ella solita dos trencitas porque quería verse bonita.

—¿Quieres algo más elaborado?

Ofrecí.

Ella asintió, y deshice las trenzas, desenredando su cabello con los dedos.

Al terminar vamos afuera, y reviso que tengo dinero suficiente para los helados y comer algo. Es una lástima que no pueda llevarle a Wren.

Es difícil no poder comer casi nada. Además de los fuertes dolores que produce el cáncer de páncreas.

Inspiré con fuerza, inhalando todo el aire que mis pulmones pueden aguantar.

Cáncer.

Nunca había pronunciado esa palabra. No en voz alta.

A veces quiero gritarle, soltarle improperios hasta el cansancio, insultarla hasta quedarme sin voz.

Otras en cambio, quiero rogarle que se vaya sin llevarse a nadie más con él.

Y me debato entre ambas opciones como si caminara en una cuerda floja. Al final, no puedo hacer nada, aunque pudiera escucharme, no cambiaría nada. Así que guardo lo que tengo que decirle y me lo trago junto con el nudo que se forma en mi garganta cada vez que pienso en eso.

Hasta ahora, la palabra no adquiría un sabor amargo en mi lengua.

Hasta que la palabra fue atada a una experiencia.

Y ahora, no puedo hacer nada más que odiarla con cada célula de mi cuerpo.

La mano de Liv buscó la mía, permití que entrelace sus dedos con los míos, a medida que nuestros pasos se deslizan en el césped, y ella se deleita en el azul del cielo. En las mariposas que revolotean y las ardillas que corren hasta subir a los árboles.

Compré unos helados y nos sentamos en una banca, apreciando la vista.

Sus ojos se iluminan del amarillo más prístino al ver a una mariposa monarca revolotear por el cielo, sus piernas cuelgan de la banca y empieza a lamer su helado con gentileza, casi como si deseará que no se acabará.

Es de fresa con salsa de chocolate. El mío de dulce de leche.

—¿Cómo te imaginas, Liv?

—¿Cómo me imagino, qué?

—¿Cómo te imaginas siendo la versión más real de ti misma?

Creo que amo estar con Liv, porque es pequeña, a los niños les puedes hacer todo tipo de preguntas profundas y sin fundamento y ellos las responderán sin titubeos. Son reales. Son transparentes. Son genuinos. O al menos, Liv lo es.

Por eso amo a Liv.

Y creo que la prueba más real de que la amo, es que incluso si no fuera así, la seguiría amando. Solo por ser Liv.

Sus ojos se pierden en la extensión azul encima de nuestras cabezas.

—Ayudando.

Hace una pausa.

—Cuando ayudo a los demás, cuando soy útil, siento que soy alguien más. Alguien más ligera de lo que ya soy. Como si flotará, ¿Tiene eso algún sentido?

—Tiene todo el sentido del mundo.

Reconocí.

—Cuando veo las ardillas y los árboles siento lo mismo.

Le da varias lamidas a su helado.

—Wren y yo escalábamos árboles juntas, antes de que enfermará.

Manifiesta, como recordando algo lejano, casi de una realidad alterna.

Desvío la mirada.

—La última vez que lo hicimos, se lastimó la pierna, al caer.

Balbuceó.

—De no ser por eso no la hubiesen internado, y no sabríamos que tenía cáncer.

Liv bajó la mirada.

—¿Por qué Wren? ¿Por qué tuvo que caerse ese día del árbol? Si no se hubiese caído, no le pasaría nada. ¿No tendría cáncer, no es así?

No. Moriría.

Apreté los párpados con fuerza.

—Que no pueda verse no significa que no exista. No saber de su existencia no hace que desaparezca.

Liv permitió que sus ojos se pierdan en la salsa de chocolate restante que se escurrió por su cono de galleta. La da una mordida.

—No lo entiendo. No entiendo porque la vida es así.
 
Admitió.

—La vida no hay que entenderla, hay que vivirla.

—¿De qué sirve vivirla si no sé para qué vivo?

La pregunta se aloja en mi pecho como una bala disparada directo a mi corazón.

Lo atraviesa.

Lo destroza.

¿Cómo voy a responderle cuando ni yo misma conozco la respuesta?

¿Cómo cuando esas mismas preguntas se repiten en mi cabeza tantas veces que lo único que quiero es dormir y que al despertar desaparezcan?

Terminé de meterme la galleta del cono a la boca, antes de responder.

—Todo se resuelve, todo sana, todo se arregla. Todo en la vida se soluciona.

Hice una pausa.

—Incluso aquellas dudas para las que no tenemos respuestas inmediatas.

Liv asintió con lentitud.

Tomé una bocanada de aire.

—No tienes que seguir jugando a ser fuerte, Liv.

Sugerí.
 
—No. Wren tiene que estar bien. Tiene que vernos bien para estar bien.

Fingir estar bien, no arreglará a Wren.

—Derrumbarse en silencio y en soledad, no evita que los demás se derrumben cuando tú no estás.
Agregué.

Liv me observó con sus grandes ojos pálidos humedecidos. Y entonces se aferró a mí, con el miedo empapando cada una de sus acciones, como si yo también estuviera a punto de dejarla de lado por que ella no es la prioridad ahora.

Le devolví el abrazo.

Y entonces sentí sus lagrimas empapar mi blusa.

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