Sexta semana.

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Revisé el reloj, con un dolor de cabeza terrible y con el adormecimiento en mis músculos

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Revisé el reloj, con un dolor de cabeza terrible y con el adormecimiento en mis músculos.

Esa fatiga que se extendía cada día más. Avanzaba un paso, y ella lo hacía tres. Volviéndose una parte tan profunda que terminó tragando todo lo demás.

No quise levantarme de la cama ese día, y con cada semana que pasaba eso se volvía más frecuente. La apatía que sentía y el tumulto de emociones que se asentaban y yo no sabía como manejar.

Desde ese día, frente a la tumba, algo cambió. Ese ausencia de emoción desapareció, el velo que cubría mi corazón y me inhabilitaba de sentir algo había sido arrebatado.

Todo salió a la luz. Y lo que alcanzaba a ver no me gustaba en absoluto.

Sé que despertaba con los ojos llenos de lágrimas. Sé que las pesadillas en algún punto empezaron a volverse más constantes. Sé que en ocasiones la almohada se encontraba empapada cuando por fin lograba quedarme dormida, y que mis ojos se encontraban hinchados una buena parte del tiempo.

Me miré en el espejo y ese verde que los cubría y en otro tiempo se asemejaba a la vida misma parecía cubierto por una tormenta tan densa que no te permitía ver nada más que niebla.

Y no entendía que sucedía.

Ya no era tristeza.

Aprendí a lidiar con ella. Mucho antes del 8 de febrero.

Cuando poco a poco la enfermedad avanzaba y yo debía fingir que no me afectaba. Cuando debía cuidarla y pretender que no dolía tanto como ser quemada viva. Con las llamas ardiendo y propagándose por cada espacio libre de mi piel, volviendo cenizas todo a lo que pudiera aferrarse, al contemplar como la enfermedad la consumía día a día.

Era una mezcla espesa de una infinidad de emociones que se sentía similar a llevar un yugo en mi espalda.

Impotencia, ira, dolor, insuficiencia, melancolía, pesar.

Por eso debía hacer algo todo el tiempo.
Para evitar que las preguntas regresarán, y si lo permitía, me perseguirían hasta en sueños, y soñando era la única forma de librarme de todo lo que me aplastaba.

Por unas horas.

Los pensamientos se acallaban. No estaba consciente que ella ya no seguía conmigo.

Y ahora, en este preciso momento, con mi mirada en el techo, mis ojos enrojecidos, mis manos manchadas de tinta negra sobre la libreta y mi nariz congestionada regresaron:

HallazgoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora