Octava semana.

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Dylan entró a mi habitación por trigésima séptima vez en la semana

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Dylan entró a mi habitación por trigésima séptima vez en la semana. Las había contado. Esa era la primera vez en ese dia.

—Drebear.

—¿Mhm?

—Ya deberías estar desayunando, levántate o te obligaré a levantarte. Tienes que ir al instituto.

Suspiré con cansancio, y obedecí a regañadientes. Me cepillé los dientes y bajé a desayunar aún con pijama.

—¿Y Vanessa y Papá?

—Hoy salieron más temprano.

Dylan me observó en silencio al sentarme y empezar a picotear mi desayuno.
No tenía apetito.

—¿Cómo estás?

—Estoy bien.

—No lo parece.

Me froté las manos en el rostro.

—Estoy bien, Dylan.

Durante toda la semana no salí de mi habitación. Luego de lo que pasó con Wren, no tenía mayor sentido. Seguía asistiendo al voluntariado porque era lo único que me quedaba.

Dylan lo sabía. No volvimos a traer el tema a la luz.

Porque sus palabras seguían doliendo y clavándose en mi interior cada vez que las recordaba.

Porque pensaba en mi propia ingenuidad y en lo falsas que fueron todas las tardes con conversaciones infinitas.

Seguía sin arrepentirme de nada. Con la certeza de que si me dieran a elegir volvería a hacerlo. Todo de nuevo.

Lo único que no comprendía era porque si no era mi culpa, se sentía como si lo fuera.

Termine de engullir el desayuno por la mirada fija de Dylan esperando a que dejara el plato impecable. Me levanté para ducharme y cambiarme con rapidez. Un pantalón de chándal negro, una camiseta holgada, y unos converse.

Tomé el bolso y corrí por las escaleras, Dylan y yo nos apresuramos y llegamos tarde a la primera clase.

Todos los ojos me perseguían. Desde que se subió el vídeo, incluso luego de ser removido, se había vuelto algo rutinario.
No agaché la mirada, y como Dylan supuso los directores hablaron con nosotros. Nos obligaron a escupir que todo estaba bien, que el "incidente" no pasó a mayores y que los responsables recibieron medidas correctivas inmediatas.

Mentiras.

Me senté en el pupitre, y busqué una mirada conocida por pura inercia.

Los mechones dorados de Noah brillaron bajo la luz del sol. El rubio como era costumbre rehuyó de mi mirada. Algo más que vergüenza se deslizó en su expresión, y era notoria desde que el video se subiera a internet.

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