Si tu vida se desmoronará en este instante ¿Cuánto serías capaz de soportar para mantener unidos los pedazos?
A veces es imposible descifrarlo. No tienes respuesta a la pregunta hasta que sucede.
...
Seis meses atrás todo se derrumbó, no frente a...
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Esperé sentir el impacto y el apagón que le seguía. Espere sentir el desvanecimiento de todo.
No sucedió.
Mi cuerpo en vez de tambalearse en el borde y caer, fue jalado hacia atrás.
No reaccioné, unos brazos fuertes me envolvieron, y cubrieron mi cabeza al pasarme por el borde de la ventana.
Los brazos de Dylan no me soltaron. No cuando los dos nos quedamos en el suelo del ático empolvado.
Quedé inmóvil. Y los últimos segundos cobraron sentido en mi cabeza, en el instante que el agudo dolor cobró vida en mi pecho, oprimiéndolo y haciendo cada latido un suplicio. Sentí un escozor en los ojos y empecé a revolverme en los brazos de Dylan. Su agarre no se aflojó.
Seguimos en silencio, interrumpido por mi respiración descontroladas y los sollozos que escaparon de mis labios.
—¡Dylan, Por favor!
Rogué.
—Sueltáme. No puedo seguir aquí. No quiero seguir sobreviviendo, ¡Por favor, déjame hacerlo, por favor!
Sentí sus brazos deslizarse por un segundo, para luego, volver a sujetarme con la misma fuerza. Estaba desesperada, con algo rasgando desde dentro y con toda mi esperanza en eso. No podía hacerme esto. Mis pensamientos se volvieron un sin sentido intentando descubrir la razón de porque había regresado, luego de que cerró la puerta ¿Porqué había tenido que volverse y ver la carta?
—¡Dylan!
Supliqué, ahogándome en mis propias lágrimas.
Forcejeé en sus brazos, intenté patear y arañar. Fue inútil. No quería pelear. No me sentía con energía para hacerlo. No cuando se trataba de Dylan.
Me quedé en sus brazos, y me deshice en lágrimas. De la impotencia. De la ira. De la tristeza. Del dolor.
—¡No lo entiendes! ¡DEBERÍA ESTAR MUERTA!
Me removí entre sus brazos para observarlo a la cara, y su rostro se encontraba estupefacto.
Sus ojos oscuros eran un mar turbio, reflejaban traición y dolor.
Las aletas de mi nariz se dilataron, lo golpeé en el pecho.
—Por favor...
Y me rendí.
Dejé de pelear. Deje de forcejear. Dejé de luchar. Hundí mi rostro en su pecho y dejé que las lágrimas fluyeran sin reprimirlas más.
Y él me apretó entre sus brazos. Con fuerza. La suficiente para hacerme sentir protegida. No contenida.