Mánchester. Abril, 1999.
Randall, Natasha y Clarissa estaban de visita en casa de Isabelle. Randall y su mujer estaban jugando a los dados con su sobrina.
—¡Gané, gané! —celebró Jenna levantando los brazos y saltando.
—¡Bien por la nena! —la aplaudió su abuela Clarissa.
—¿Ganaré yo algún día? —preguntó Randall sonriendo y con el rostro apoyado en la mano.
—Siempre que juegas con ellas dos o te gana tu mujer o te gana tu sobrina —rió levemente Stanley.
Alex sonrió y aplaudió. El nene tenía tres años y era hijo de Isabelle y Stanley, quienes se habían casado.
—Hasta mi hermano festeja conmigo. Guardaron todo, e Isabelle trajo un plato con panqueques. Stanley fue por los platos, volvió y se sirvieron. Alex intentaba agarrar uno.
—Espera, mami ya te da —dijo Isabelle. Le cortó pedazos chiquitos y le dio uno por uno.
—¿Y mi primo qué va a ser? —le preguntó Jenna a sus tíos. Natasha estaba al fin embarazada y de dos meses.
—No podemos saberlo, todavía está muy chiquito —contestó Natasha—. Pero cuando sepamos de acá a unos meses más, avisamos.
—De Alex creo que no supimos que iba a ser hasta que nació, ¿no, mami?
—No, era imposible ver en la ecografía. No se dejaba ver bien. —Le dio un beso al nene.
—Y yo todavía no puedo conocer a mi papá —dijo un poco cabizbaja—. Sólo recibo sus regalos.
—Tú sabes que te quiere aunque no se conozcan —la consoló Isabelle.
—Ustedes no quieren decirme dónde está mi papá, ¿verdad? —sospechó Jenna. Todos se quedaron mudos. Algunos se miraron entre sí; otros, su plato. No sabían qué contestar ni que la niña iba a sospechar o darse cuenta. ¿O tal vez sí?
—Eeh...¿por qué dices eso? —preguntó Stanley tratando de disimular.
—Stanley, ya me di cuenta de que me estuvieron ocultando todo. Ya no soy una niña pequeña; tengo ocho.
—Mi vida, confía en nosotros. Nunca te mentiríamos —intentó convencerla Randall. Ninguno quería que Jenna sufriera al enterarse de la cruda verdad.
—Tío, pueden contarme. Yo creo que tiene que haber una razón para no decirme la verdad.
Hubo otro silencio por unos segundos hasta que Randall volvió a hablar.
—Está bien, mira, tu papá no está en otro país ni en otra ciudad. Está acá en Mánchester —se sinceró.
—Y...lamentablemente tenemos que decirte que...bueno...todos estos años estuvimos tratando de hacer que tu papá entre en razón, que eres su hija, que tiene que venir a verte por más que ya no esté con tu mamá, que con mandar plata y regalos no es suficiente, pero no lo conseguimos —contó Clarissa.
—¿Y sus hijos y su mujer saben que existo?
—No, nadie les dijo nada —contestó Randall.
—Tus tíos y tu abuela no le dijeron nada a nadie más porque creen que tu papá es el que tiene que contar todo —le explicó su mamá.
—Jenna, sabemos que también estamos haciendo las cosas mal, pero espero que puedas perdonarnos —se disculpó su abuela—. No fue fácil.
—Hicimos todo esto por ti, no podíamos decirte todo porque no queríamos que sufrieras —agregó Natasha.
La niña estaba en silencio escuchando todo. No los estaba juzgando; ella no era así, pero sí estaba sintiendo un nudo en el pecho. Sentía una tristeza enorme porque no sabía si su papá la quería o no a pesar de que le mostrara afecto de otras formas.
—No puedo creer todo esto, pero no estoy enojada con ustedes. Sólo espero que mi papá quiera conocerme algún día. Acepté esos regalos por no ser mala y porque me gustaron, pero yo quiero ver a mi papá.
—¿Todavía quieres verlo? —preguntó Isabelle para estar segura.
—Sí, tú me enseñaste que no se debe tener rencor, y además es mi papá. A Stanley también lo quiero, es como un papá para mí, pero quiero conocer a mi papá verdadero.
—Eres muy comprensiva —sonrió Randall—. Estoy seguro de que apenas mi hermano te conozca, se va a encariñar contigo.
—Gracias por entendernos —sonrió Clarissa levemente.
—Y tú sabes que tu mamá y yo siempre te vamos a querer —le aseguró Stanley—. Por más que no seas mi hija, sabes que te quiero como si lo fueras.
Al otro día, Randall y su hermano tenían día libre. Estaban en un bar.
—Ayer estuvimos en lo de Isabelle...y mi sobrina ya se dio cuenta de que no la quieres ver. —Aidan carraspeó, sintiéndose incómodo y algo harto—. Creo que tendrías que ir a verla de una puta vez —dijo con el ceño fruncido—. No tienes idea de lo que nos costó a mamá y a mí decirle la verdad. —Su hermano miraba para otro lado, pero lo seguía escuchando aunque no quisiera—. Pero lo mejor fue que Jenna nos entendió y sigue con ganas de verte, no te odia —agregó suavizando sus facciones.
—Randall, ya pasaron casi nueve años —contestó volviendo la mirada a su hermano—. ¿Van a seguir insistiendo? Sabes lo que pienso al respecto.
—¿Y crees que con sólo pasarle plata a Isabelle y comprar juguetes y ropa es suficiente? A tu hija le interesa más conocerte.
—¿Y Sandrine?, ¿mis otros hijos? ¿Cómo se van a sentir si les digo que embaracé a mi última ex? No importa cuánto quiera verla, no puedo, no quiero perder a mi familia.
—Jenna también es parte de tu familia, carajo; y si sigues así, un día se nos va a acabar a todos la paciencia y te vas a quedar solo —advirtió.
***
Isabelle y Stanley estaban en el living. Jenna estaba en la pieza de su madre y padrastro viendo los dibujos en el televisor.
—Anduve pensando en lo que pasó el otro día cuando vino tu exsuegra —dijo Stanley.
—Sí, fue impactante como Jenna se dio cuenta, nadie sabía qué decir —comentó mostrándose pensativa—. Menos mal que no se enojó ni desprecia a su papá.
—Pero insisto, ¿no te parece que sería mejor darle mi apellido?
—Ya hablamos de esto muchas veces. Mi hija tiene un padre —se rehusó Isabelle.
—Que ni la quiere ver. Yo no me creo ese cuento de que quiere pero no puede por miedo al qué dirán. ¿Cuánto tiempo más va a pasar? ¿Quieres que se vuelva adulta y siga sin un papá?
—Pero ya la escuchaste el otro día, ella quiere conocer a su padre. No le tiene rencor.
—Eso dice ahora porque es una niña, pero de grande no creo que siga pensando igual —desconfió su marido.
—¿Y tú te animas a hablar de esto con Jenna? Lo más probable es que se asuste, piense que no va a poder ver nunca a su papá y que no va a volver a ver a su abuela y a sus tíos.
—Ella los puede seguir viendo. Además, me dijiste que Randall es el padrino. Su abuela paterna y sus tíos sí la quieren, no son como Aidan. —Suspiró—. Pero está bien, va a ser como tú quieras.
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Consecuencias
General FictionDebido a sus impulsos y al incumplimiento con el tratamiento, Aidan deberá pagar las consecuencias de sus actos. Por otro lado, Randall, Spencer y Natasha esperan a su primer bebé, pero el destino tiene otros planes. Segundo libro de la saga "Aidan".
