Capítulo 7

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Natasha y Aidan volvieron a sus puestos de trabajo. Natasha entró en la cocina, y sus compañeros y amigos le preguntaban por qué lloraba, pero ella les contestó que estaba todo bien. La veían temblando, y un par la hicieron sentarse en una silla mientras el resto seguía trabajando. Trataban de calmarla mientras los mozos entraban y salían a retirar los platos. Algunos preguntaban qué pasaba, pero Natasha seguía sin querer dar detalles. Después de toda la conmoción con Natasha en la cocina, y Randall intentando averiguar qué le pasaba, May le recomendó a la chef que mejor se fuera a su casa, y fueron las dos a avisarle a Nigel. Mientras, Aidan atendía y cobraba en las mesas junto con los otros mozos. Uno de ellos se le acercó y le preguntó si él tuvo algo que ver porque, para su mala suerte, los había visto irse a hablar en privado. Aidan negó todo y le dijo que mejor dejara de espiar a la gente y que se ocupara de sus asuntos. Nigel le dio el permiso a la chef para que se fuera. Luego fue Randall a pedirle el resto del día para acompañarla, y su jefe se lo dio. Randall salió con su mujer, y los dos se fueron a su casa. Ya en ella, ambos se sentaron en el sofá. Natasha estaba con la cabeza baja.

—Ahora sí, cuéntame, ¿qué te pasó? ¿Por qué te pusiste así?

—Aidan me...me dijo que tú —empezó a decir, hizo una pausa y empezó a levantar la cabeza lentamente—... que tú me vas a dejar. —Randall no sabía qué decir de lo impactado que estaba.

—¿Aidan te dijo eso? —preguntó para estar seguro de lo que su esposa había dicho.

Ella asintió, y él negó con la cabeza de forma incrédula. Su hermano menor era muy problemático, pero jamás lo creía capaz de algo así.

—Randall, sé que te cuesta creerme y lo entiendo. Es tu hermano, se conocen de más tiempo que tú y yo, pero...

—No, no, no pienses que no te creo —la interrumpió acariciándole el rostro—. Te creo, sólo que esto me toma por sorpresa. No pensé que fuera a decirte eso.

—Yo tampoco. Es decir, nunca congeniamos, sólo se portaba distante, pero, Randall, si quieres estar con otra mujer...

—Mi amor, ¿qué dices? No hagas caso a lo que te dice mi hermano —quiso convencerla—. Yo nunca te voy a dejar, ya te lo dije.

—Pero él me dijo que prefieres tener un hijo con alguien que sí te lo pueda dar. Randall —volvió a llorar—, tu hermano tiene razón, soy una inútil, no pude cuidar a nuestro bebé. Así que, si me quieres dejar, lo voy a entender. Spencer también debería dejarme. Cuando lo veamos, se lo voy a decir. Él es muy joven y...

Él le agarró la cara.

—No, nadie te va a dejar. El que no puedas tener hijos no quiere decir que te voy o vamos a dejar de querer o que seas una inútil. —Volvió a acariciarla y la miró a los ojos—. Tú vales mucho para mí, nunca me separaría de ti, nunca.

—Es que estoy muy mal de vuelta con esto.

—Tranquila, tranquila —la consolaba dandolé un abrazo—. No le hagas caso a mi hermano, recuerda que él pasó por muchos psicólogos. No sé qué es lo que tiene, pero sabemos que está mal de la cabeza. —Natasha se quedó sollozando en su hombro mientras él la acariciaba.

Randall se quedó todo el día con su mujer, pero ella estaba muy distante.

Al día siguiente, Randall fue a casa de Aidan en la tarde, y este le abrió.

—Hola —saludó su hermano menor.

—¿Me dejas pasar? —preguntó Randall de mal modo. Su hermano lo hizo entrar, fingiendo no saber qué le pasaba, aunque se mostraba algo nervioso—. ¿Están tus hijos?

—No, mis cuñadas se los llevaron de paseo. ¿Qué pasa? ¿Por qué me hablas así?

—No te hagas. Menos mal que no están mis sobrinos, así no escuchan lo que te vengo a reclamar. ¿¿Quién te crees que eres para tratar así a mi mujer?? —Sandrine vino desde otra pieza al escuchar los gritos.

—¿Qué pasa? Randall, ¿por qué lo tratas así?

—Que tu marido le dijo un montón de cosas a mi mujer y encima le dijo que yo la iba a dejar, que la iba a cambiar por otra porque ya no puede tener hijos.

—Randall, espera, no es lo que crees —intentó explicar buscando excusas.

—¡No mientas, mi mujer me contó todo! ¡Habíamos quedado en que nunca más la ibas a molestar! ¡Encima ahora se te da por inventar cosas de mí!

—¡Sé que estuve mal y todas estas semanas estuve tratando de controlarme! ¡Te vi tan mal en el hospital ese día que parte de mí la culpaba a ella por ese aborto, y mis hijos también lloraron por su culpa!

—¡¿Y tenías que inventar cosas de mí también?!

Aidan se quedó unos segundos en silencio mientras notaba que su mujer lo miraba con decepción.

—Te juro que no pensé en nada de lo que decía. Sólo...pedí hablarle en privado y se me ocurrió atacarla verbalmente —explicó con más calma.

—Tú nunca piensas nada de lo que dices o haces —le recriminó su hermano mayor—. No sé qué haces que no vuelves a buscar terapia.

—¡¿Y a ti se te olvidó que tú y ella me hacían a un lado cuando empezaban a salir?! ¡Yo quedaba de salir contigo y los chicos, y terminabas dejándonos para después!

—¡Deja de hablar estupideces! ¡Cuando Natasha y yo éramos novios, eras tú el que decidía alejarse cuando queríamos integrarte en algunas de nuestras salidas! ¡Estuviste en muy pocas reuniones familiares cuando estaba ella! ¡Preferías esconderte!

—¡Yo le dejé en claro que no quería ser su amigo! ¡¿Cómo iba a hacer amigo de una amenaza?!

Randall se le quedó mirando sin poder creer lo que había escuchado.

—Si no estuviera tu mujer ahora mismo, te haría mierda sin pensarlo —amenazó.

—De acuerdo, basta los dos —intervino Sandrine—. Con golpes y gritos no van a resolver nada, y tu hermano tiene razón, y yo también te lo he dicho: tienes que volver a buscar ayuda. ¿Te das cuenta de lo que provocas? ¿Querías esto: pelear con tu hermano de esta forma?

—No...no....—contestó Aidan sin saber qué más decir ante el regaño de su mujer.

—No lo querías, pero es lo que causaste —dijo Randall—. Hasta tu mujer piensa que te pasaste. Mira, tú ya me tienes harto y por tu culpa, Naty está muy mal, con dudas y distante.

—Más tarde paso a pedirle perdón, lo prometo.

—Para volverla a hacer sentir mal. Ni te molestes. Voy a seguir viniendo, pero a visitar a mis sobrinos y a mi cuñada. A ti hasta que no te trates, ni te pienso mirar, ni siquiera en el trabajo, no me des ni la hora, nada. Me decepcionaste. Ojalá que ninguno, NINGUNO de tus hijos salga a una basura como tú. Nos vemos, Sandrine y disculpa —se despidió en un tono más calmado y se fue.

ConsecuenciasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora