Randall y su familia trataban de convencer a Sandrine de que dejara a Aidan ver a sus hijos. Ella les decía que seguía firme en su decisión, y entonces le contaron que había estado muy deprimido últimamente debido a eso. No iban a convencerla de que ambos volvieran, sino de que lo dejara ser parte de la vida de los pequeños de nuevo. Era en parte un peligro para ellos, aunque nunca les había gritado siquiera, pero confiaban en que no pasaría nada malo.
—A todo esto, creo que te pasaste con querer contarles a tus hijos lo que pasó —le reprochó Natasha.
Sandrine soltó un suspiro.
—Le dije eso para que se fuera de una vez, para asustarlo —aclaró—. Lo siento, pero sigo firme en mi decisión, y si quieren que vuelva con Aidan, les aviso que pierden el tiempo.
—No te estamos pidiendo eso, sólo que le dejes ver a sus hijos. Si tienes miedo, no te preocupes, no les va a hacer nada —le aseguró Randall—. Él de verdad se siente muy mal. Te prometemos que se va a portar muy bien con ellos, como siempre lo hizo. Como dijo mi mamá, él también los extraña.
—Así se anima un poco, ya no aguanto verlo así —agregó Clarissa angustiada—. Además, los niños no van a dejar de preguntar por él y ya hace semanas que no lo ven.
—Es verdad, ¿crees que no deben estar sospechando ya porque no los llevas a visitar a su padre? —advirtió Natasha, y Sandrine suspiró.
—Lo voy a pensar.
***
Ya casi era de noche, Randall y su familia se llevaron a Jenna y se fueron. Sandrine ahora estaba con sus padres y sus tres hermanos. Estos le aconsejaban no dar marcha atrás y creían que no era bueno que sus hijos estuvieran cerca de alguien que le pegó a su mamá, además de las discusiones que tuvieron por sus trastornos. Emily pasó por ahí y, como escuchó que nombraban a su papá, se quedó a escuchar todo detrás de la puerta. Luego se fue a contarles a sus hermanos. Hablaban entre ellos del tema.
Ahora la familia estaba cenando. Los hermanos de Sandrine se habían ido: Grace, a juntarse con unos amigos; May, a su casa y Spencer, a la de sus parejas.
—Ma, ¿es verdad que papá te pegó? —preguntó Emily de repente.
El ambiente se había vuelto tenso. Ninguno sabía qué decir, se miraban entre ellos y se sentían incómodos. Sandrine se aclaró la garganta.
—¿Cómo se enteraron?
—Los escuché hablar.
—Sabes que no está bien escuchar conversaciones ajenas —la corrigió su abuela Katrina.
—Bueno, justo pasaba —aclaró la nena haciendo puchero—. Por eso tantas mentiras, ¿no? —adivinó mirando a su mamá—. No querías llevarnos a verlo por eso.
—Les oculté eso, sí, pero para que no sufrieran más —confesó—. No quería que supieran que su padre me agredió.
—No te diste contra la puerta —recordó Lester.
—Aun así perdonamos a papá —dijo Keegan.
—¿Están seguros? Nosotros no estamos siendo malos, queremos protegerlos. Esa conducta puede repetirse hasta con ustedes —advirtió su abuelo.
—Pero papá no nos va a hacer nada, confiamos en él —intentó convencerlos Keegan.
—Estoy segura de que no quiso lastimarte. ¿No nos había dicho papá que tomaba pastillas porque estaba enfermo?, ¿que por eso se portaba mal?
—Sí, así fue —confirmó su mamá conservando la seriedad e incomodidad que el tema le provocaba.
—Entonces, mamá, por favor, llévanos a verlo. A ti también te perdonamos —rogó Emily moviéndose en su asiento.
—Ya dije que no. Sé lo que hago —finalizó Sandrine muy decidida y continuó cenando.
Keegan la miró con el ceño fruncido y se bajó de la silla.
—¡Ay, si nosotros perdonamos a papá, tú también puedes! ¡Y si no nos llevas a verlo, nosotros no te hablamos más! —Se fue corriendo a su pieza, y a Sandrine le salieron lágrimas al escuchar a su hijo decirle eso.
—¡¿Qué forma es esa de hablarle a tu madre?! —lo reprendió Nigel—. ¡Ven acá! ¡Keegan, Keegan!
Pero su nieto lo ignoró y siguió corriendo hasta llegar a la pieza.
—¡Qué malo eres con mamá! —gritó Emily también enojada, quien estaba por ir también a la pieza junto con su hermano menor.
—Quédense acá —pidió Sandrine derramando lágrimas.
—Ma, ¿estás bien? —preguntó su hijo más pequeño.
—No —contestó mientras se secaba las lágrimas—. Esto ya es un caos, ya no sé qué hacer. Ninguno de mis hijos me había hablado así —sollozaba.
—Empieza por hacerte respetar —aconsejó Katrina.
—¿Y qué quieres que haga? Es su papá, se puso así porque lo extraña —argumentó Sandrine.
—Pero eso no quiere decir que te falte el respeto —refutó su madre.
Luego, Sandrine se fue a su pieza y estaba sentada en la cama. Nigel y su esposa tuvieron una charla con sus nietos, especialmente con Keegan. Le dijeron que fuera a disculparse con su mamá. Sus hermanos lo acompañaron. Entraron en la pieza de su mamá. El mayor le pidió perdón, pero ella le dijo que estaba todo bien y decidió dejarles ver a su papá. Ellos se alegraron mucho y la abrazaron.
Al otro día, los abuelos los llevaron a casa del padre. La abuela paterna se puso contenta al verlos de visita. Randall y Natasha también estaban ahí. Los nenes les preguntaron dónde estaba su papá, y su tío les contestó que estaba arriba. Subieron la escalera corriendo. Los chicos vieron la puerta de la pieza medio abierta, empujaron de a poco y entraron. Lo vieron acostado en la cama y durmiendo de lado, contra la pared. Se acercaron despacio y le tocaron el brazo.
—Pa —lo nombró Emily.
Aidan se despertó y se sorprendió al escuchar la voz de su otra hija. ¿Era real o sólo un sueño? "Papá", volvió a escuchar. Se dio vuelta, los vio y no podía creerlo. No podía hablar de la emoción y solamente se levantó para abrazarlos, pero sus hijos se le echaron para abrazarlo ellos primero antes de que pudiera pararse. Se quedó sentado mientras los abrazaba y derramaba lágrimas en silencio.
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Consecuencias
Fiksi UmumDebido a sus impulsos y al incumplimiento con el tratamiento, Aidan deberá pagar las consecuencias de sus actos. Por otro lado, Randall, Spencer y Natasha esperan a su primer bebé, pero el destino tiene otros planes. Segundo libro de la saga "Aidan".
