Capítulo 21

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—¿No estás enojada conmigo? —preguntó Aidan para asegurarse, con su voz cargada de una mezcla de esperanza y temor, luego de varios segundos de silencio—. Mira, yo sé que tu tío y tu abuela te dijeron cómo fue todo, pero estoy empezando a cambiar —se sinceró buscando comprensión en los ojos de la niña—. Bueno, siempre trato de arreglar mis errores —aclaró cabizbajo.

—Lo sé, por eso estás acá y eso es lo que importa —lo disculpó Jenna con dulzura—. Siempre soñé con conocerte. No soy rencorosa.

Aidan quedó encantado y conmovido con la ternura de su hija mayor.

—Eres muy buena y linda —murmuró su padre con gratitud y culpa al mismo tiempo.

—Tú también, más que en las fotos —comentó con una sonrisa traviesa, aliviando la tensión.

Aidan rió levemente ante el comentario, acto que no había hecho en días desde que Sandrine se fue con sus otros hijos.

—Me alegra conocerte, en serio. Lástima que no haya sido antes, bueno, fui a verte cuando naciste y te tuve en mis brazos, pero tienes ocho, todavía podemos recuperar el tiempo perdido —dijo con la voz temblorosa por la emoción. Se secó unas lágrimas que le estaban brotando—. Disculpa, no quería llorar en frente de ti.

—Está bien —dijo con ternura. Le secó un poco con su pequeña mano.

Ambos quedaron en silencio de nuevo.

—Te traje esto —hablo dándole el paquete de bombones con las manos temblándole. Jenna lo recibió como había recibido todos sus regalos—. Los compré hace unos días. Es el primer regalo que te entrego personalmente —contó sonriendo un poco, esperando su reacción mientras ella abría la caja. Eran bombones de distintas formas, todos de chocolate.

—¡Gracias, qué rico! ¿Puedo comer uno? —preguntó con los ojos brillando de emoción.

—Claro que sí, son tuyos —contestó sonriendo mientras los nervios y la culpa desaparecían poco a poco. La nena comió un bombón y luego le ofreció a su papá, quien aceptó con gusto. Jenna puso la caja sobre la mesa. Luego de saborear la golosina, Aidan volvió a romper el silencio—. Ya sé que apenas nos conocemos, pero...¿te puedo abrazar? —preguntó con timidez, anhelando ese contacto.

—Sí, sí puedes —respondió sin dudarlo, abriendo sus brazos.

Se abrazaron, y él se aferró a su hija con fuerza, dejando salir las lágrimas.

—Perdóname, no debí abandonarte nunca. Perdóname por no haber ido a tu bautismo, tus cumpleaños. Te prometo que no me vuelvo a perder nada tuyo —dijo con la voz quebrada, sintiendo el peso de años de errores.

—Sí te perdono, papá —respondió Jenna con una sinceridad que lo seguía conmoviendo. Se miraron—. No llores más —pidió Jenna sintiéndose mal por él, queriendo aliviar su dolor.

—Te vengo a visitar y te llevo a donde tú quieras —prometió, dispuesto a compensar sus ausencias.

—Eso me gustaría mucho —aceptó su hija sonriendo. Aidan se secó las lágrimas, tomó aire y exhaló. De a poco dejó de llorar. Se quedaron hablando. Aidan le preguntaba cosas para saber de ella. ¿A qué colegio iba? ¿En qué año estaba? Ambos se decían el uno al otro qué comida les gustaba, qué veían en la tele, qué películas les gustaban, entre otras cosas. En realidad, ya las sabía porque su mamá y hermano se las contaron, pero quería escucharlas directamente de su hija, además de hablarle de sus gustos—. ¿Vamos al patio? —lo invitó tomándolo de la mano con entusiasmo.

Los dos salieron al patio y se sentaron con los otros. Jenna se sentó en el regazo de su papá.

—Qué bueno verlos así, esperamos tanto esto que al fin se dio —celebró Clarissa sonriendo, sintiéndose conmovida por la escena.

ConsecuenciasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora