CAPÍTULO 3

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Salí de su oficina de un portazo, con la respiración entrecortada

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Salí de su oficina de un portazo, con la respiración entrecortada. 
¿Qué acabo de hacer? 

Solo a mí se me ocurre desafiar al Don de la Bratva, aunque realmente se lo merecía por ser un idiota. 

Tras despedirme de Alessandro por la mañana (que, por cierto, no fue nada fácil), Bruno y otro guardaespaldas asignado por mi hermano me llevaron a la casa de Romanov. No tuve la oportunidad de preguntarle cuándo le habló a Ale sobre mi padre, ya que, al pensarlo, me parecía extraño, porque había estado con él todo el día.  

Quizás lo hizo por teléfono, pero lo dudo. 

La misma mujer que me recibió en la puerta me dio un pequeño recorrido por la casa antes de llevarme a mi habitación. 

Este lugar tiene un nivel de seguridad impresionante y casi no nos dejaban entrar. Por eso, Bruno contactó a mi hermano y Ale llamó a un tal Kostya para que nos dieran acceso. 

La casa es bastante amplia, pero no exactamente una mansión. La puerta es grande y de un marrón oscuro que roza el negro. Al entrar, a la izquierda hay un recibidor con una mesa de mármol negro y un gran espejo redondo encima. A la derecha se encuentra la oficina. Adentrándome más, el espacio es abierto, con una cocina grande a la derecha, adornada con muebles en tonos blanco y negro. En el centro hay una sala de estar que sigue la misma paleta de colores, y a la izquierda está el comedor con una mesa rectangular larga. La parte trasera de la casa está llena de ventanales, lo que permite ver todo el patio desde adentro. 

Según me dice Alicia, en el segundo piso también hay un gimnasio, una sala de cine y un cuarto de póker. 

—Esta será su habitación, señorita D'Angelo —me comenta con una sonrisa. 

—Gracias —le devuelvo la sonrisa—. Solo llámame Alina. 

—Como desee, señorita D'Angelo —me responde arqueando una ceja y sonriendo antes de inclinar la cabeza y retirarse. 

Lancé mi maleta sobre la cama y la abrí, tenía que desempacar. 

Mientras lo hacía, mis pensamientos volaban hacia el hombre rubio de ojos verdes que parecía siempre de mal humor. 
Mierda. 

No puedo creer que apunté su entrepierna, y mentiría si dijera que no sentí una especie de cosquilleo al verlo. ¿Era por esa pelirroja que salió de su oficina, mirándome de arriba a abajo de forma despectiva, o... ?  

Suelto un suspiro y sacudo la cabeza, tratando de no pensar en eso. Debo mantenerme alejada de ese tipo, que, por más atractivo que sea, sigue siendo un maldito idiota. 

—Es un mujeriego y un peligro andante, Ali —me digo a mí misma pellizcándome la nariz. 

Almuerzo en mi habitación y afortunadamente, no hay objeciones al respecto. 

D'Angelo #1Donde viven las historias. Descúbrelo ahora