Sótano, pan y balde.
Si hubiera comido algo, podría decir que era pasada la hora de comer. Estaba mendigando la rambla del comercio, hasta ese momento había conseguido dos papas, de un guardia y de un mercenario; tres empujones, de dos comerciantes y un marinero, una original maldición relativa a una inverosímil configuración anatómica, también del marinero, y un manoseo de pechos de un repugnante viejo que tenía aliento a un alcohol indeterminado. Y un ardite de hierro, aunque eso lo atribuí más a las leyes de la probabilidad que a la bondad humana, había sido pues esa moneda proveniente del mismo anciano que me tocó sin consentimiento. Hasta un cerdo ciego atrapa una bellota de vez en cuando.
Llevaba casi un mes viviendo en Tarbean y el día anterior había probado por primera vez qué tal se me daba robar. Fue una experiencia muy desalentadora. Me atraparon con la mano en el bolsillo de un carnicero, y me había llevado un porrazo tan tremendo en la cabeza que todavía me mareaba cuando intentaba ponerme en pie o girar la cabeza demasiado deprisa.
Desanimada por mi primera incursión en el robo, había decidido que ese día me dedicaría a pedir limosna. Y de momento, el día estaba resultando mediocre.
El hambre me comprimía el estómago, y un solo ardite de pan rancio no iba a ayudarme mucho.
Me estaba planteando trasladarme a otra calle cuando vi a un niño corriendo hacia un mendigo más joven que yo. Le dijo algo al oído con prisas y ambos se marcharon pitando, los seguí, por supuesto. Todavía me quedaba algo de curiosidad. Además, cualquier cosa que me alejara de la esquina en una calle bulliciosa en mitad del día merecía que le dedicase atención. Quizás los Thelinos estuvieran repartiendo pan otra vez, o tal vez hubiera votado un carro de fruta, o puede ser que los guardias estuvieran ahorcando a alguien. Cualquiera de esas cosas bien varía media hora de mi tiempo.
Seguí a los niños por las sinuosas calles hasta que los vi doblar una esquina y bajar unos escalones que los conducían al sótano de un edificio ruinoso. Me detuve. El sentido común opacó la débil chispa de curiosidad.
Los niños volvieron a aparecer poco rato después, cada uno llegaba un pedazo de pan moreno. Los observé pasar, riendo y dándose empujones.
El pequeño, que no debía tener más de seis años, me vio mirarlo y me hizo señas la mano —todavía queda un poco —dijo con la boca llena—. Pero es mejor que te apures.
Mi sensatez hizo una rápida corrección y me dirigí con cautela hacia los escalones. Al final de los escalones había unas tablas podridas, lo único que daba de una puerta rota. Detrás de las tablas atisbé un corto pasillo que conducía a una habitación escasamente iluminada.
Una joven de mirada pétrea me dio un empujón y pasó a mi lado sin mirarme. También llevaba un pedazo de pan.
Pasé por encima de los trozos de puerta rota y entré en la tanto húmeda como fría habitación. Di unos pasos, y entonces escuché un débil gemido que me hizo parar en seco. Era un sonido casi animal, pero mi oído me decía que provenía de una garganta humana.
No sé qué esperaba encontrar, pero desde luego nada parecido a lo que encontré.
Había dos lámparas viejas alimentadas con aceite de pescado que arrojaban delgadas sombras contra las paredes de piedra oscura. Había seis catres en la habitación, todos ocupados. Dos niños que eran poco más que bebés compartían una manta en el suelo de piedad, y el otro estaba acurrucado en un montón de harapos. Un chico de mi edad estaba sentado en un oscuro rincón con la cabeza apoyada en la pared. Uno de los niños se movió un poco en su catre, como si se agitara en sueños. Pero había algo en su forma de moverse que resultaba extraño, era un movimiento forzado; demasiado tenso.
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𝚂𝚒𝚗 𝚂𝚊𝚗𝚐𝚛𝚎
Fiksi Penggemar(Cassandra Dimitrescu x OC) En la posada Roca De Guía una mujer espera. En los sonidos más tranquilos y bajos encuentra algo que puede usar para aferrarse. La mujer es alguien que quizá conozcas. Es su máscara apacible y calmada la que quizás te es...
