Capitulo 24

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   Tiempo de demonios. 

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(Este capítulo iba a ser el primer capítulo, haciendo que todos los acontecimientos que ocurran fuesen producto de un sueño de Blair, recordando uno de sus días en Tarbean. Quienes hayan podido leer ese primer capítulo que hubo antes del primer capítulo que hay ahora quizás recordarán que los tiempos verbales eran extraños, como cambiantes de forma constante y sin sentido. Lo cierto es que la razón por la cual los tiempos verbales cambiaban tanto en el prototipo de primer capítulo que fue esto se debe a que la conciencia de la protagonista iba y venía entre la conciencia de estar en un sueño y el punto de vista de estar repitiendo ese momento de su vida. Que lo disfruten)

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Esos primeros meses en Tarbean aprendí muchas cosas.

Aprendí qué posadas y qué restaurantes tiraban la mejor comida, y lo podrida que tenía que estar la comida para ponerme enferma si la comía.

Aprendí que el complejo de edificios cercado por una tapia que había cerca de los muelles era el templo de Thelu.

A veces los Thelinos nos daban pan. Pero antes de hacernos con nuestra hogaza, teníamos que decir unas oraciones. No me importaba, era más fácil que mendigar.

Muchas veces los sacerdotes de túnica gris intentaban que entrara en la iglesia para rezar las oraciones, pero yo había oído rumores, y cuando me lo pedían me escapaba; tanto como si ya me habían dado la hogaza como si no.

Aprendí a esconderme. Tenía un sitio secreto encima de una vieja cortituría, donde confluían tres tejados, proporcionándome abrigo del viento y la lluvia. Escondí el libro de Ben debajo de las vigas, envuelto en una lona. Solo los acaba de allí de vez en cuando, como si fuera una reliquia sagrada. El libro era el único objeto sólido de mi pasado que conservaba, y tomaba todo tipo de precauciones para protegerlo.

Aprendí que Tarbean es enorme. Si nunca la viste con tus propios ojos, no podrías imaginarla. Es como el océano. Por mucho que te hayan hablado del agua y de las olas, no se puede hacer una idea de su tamaño hasta que uno se planta en su orilla. No se comprende realmente el océano hasta que se haya en medio de él, rodeado de agua por todos lados, extendiéndose hasta el infinito. Solo entonces comprendés lo pequeño e impotente que sos.

Parte de la inmensidad de Tarbean se debe aquí está dividida en un millar de barrios, cada uno con su propia personalidad. El Conejo Blanco, Arrieros, Las Banderas, Centro, Creerías, Toneleros, El Puerto, La Brea, Las Sastrerías. Podías pasar una vida entera ahí si llegara a conocer todos sus barrios. Sin embargo, a efectos prácticos Tarbean tenía dos sectores: La Rivera y La Colina.

En La Rivera vivían los pobres, mendigos, ladrones y prostitutas. En la colina vivían los ricos, abogados, políticos y cortesanos.

Llevaba dos meses en Tarbean cuando se me ocurrió probar suerte en La Colina. El invierno se había apoderado con firmeza de la ciudad y las fiestas del solsticio de invierno hacían que las calles fueran más peligrosas que de costumbre.

Eso me sorprendió. Todos los inviernos, desde que yo tenía uso de razón, nuestra troupe había organizado las fiestas del solsticio de invierno en algún pueblo. Disfrazados con máscaras de demonios, aterrorizábamos a los habitantes durante los siete días de duelo para gran regocijo de todos. Mi padre estaba tan convincente interpretando a Enkanis que parecía que lo hubiéramos conjurado. Lo más importante es que dábamos miedo y al mismo tiempo teníamos cuidado. Nadie resultó jamás herido cuando nuestra troupe se encargaba de los festejos.

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