Capitulo 40

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Rebosante de ilusión.

Lauren me guío por el patio. -La discusión trataba, básicamente, de eso -me explicó con tono desapasionado-. Teníamos que fijar el precio de la matrícula, lo hacemos con todos los alumnos -había recuperado la compostura y me disculpé por mis espantosos modos sentimentales. El maestro Lauren había asentido con serenidad y se había ofrecido a acompañarme al despacho del tesorero para asegurarse de que no hubiera ningún malentendido con respecto a mi tarifa de admisión-. Una vez que decidimos admitirte, tal como vos sugeriste -hizo una breve pero significativa pausa para darme a entender que no había resultado nada fácil-, surgió el problema de que nunca había habido ningún precedente acerca de que a un alumno se le pagara para que se matriculase -quedó en silencio otro momento-. Eso es algo muy inusual.

Lauren me condujo a otro edificio de piedra, me precedió por un pasillo y bajamos una escalera.

-Hola, Alliem -saludó Lauren al tesorero, un hombre mayor e irritable que se mostró más molesto aún cuando se enteró que tenía que pagarme en lugar de cobrarme.

Una vez que me hubo entregado los tres talentos, el maestro me acompañó afuera.

Me acordé de una cosa y me metí una mano en el bolsillo, me alegraba tener una excusa para cambiar de tema. -Tengo un recibo de La Cubierta Rota -le entregué el trozo de papel y le pregunté qué pensaría el librero cuando el maestro Archivero de la universidad se presentara en su establecimiento para recuperar el libro que le había vendido una mugrienta granuja-. Le agradezco que se tome la molestia De hacerme este favor, maestro Lauren, y espero que no me considere una desagradecida si le pido una cosa más.

Le echó un vistazo al recibo antes de guardárselo en un bolsillo, y me miró atentamente. No, no atentamente, ni burlonamente. En su rostro no se reflejaba ninguna emoción, mi curiosidad ni irritación; nada. De no ser porque sus ojos estaban clavados en los míos, habría pensado que se había olvidado por completo de que yo estaba ahí. -Lo que quieras -dijo.

-Ese libro es lo único que me queda de esa etapa de mi vida, me gustaría mucho comprárselo algún día, cuando tenga dinero.

Lauren asintió imperturbable. -Podemos arreglarlo, no te preocupés por el libro, lo voy a guardar con el mismo cuidado con el que guardo los libros del archivo. -Lauren levantó una mano para saludar a un alumno que pasaba.

El muchacho de pelo pajizo se paró en seco y se nos acercó nervioso. Saludó al maestro Archivero con gran solemnidad e hizo una inclinación de cabeza que fue casi una reverencia. -¿Sí, maestro Lauren?

Lauren me apuntó con una de sus largas manos -Simon, te presento a Eleonor. Hay que enseñarle las instalaciones, ayudarla a apuntarse a las clases y esas cosas. Killbin la quiere en Artificería, por lo demás, lo dejo a tu propio juicio. ¿Vas a ocuparte de todo?

Simon asintió de nuevo y se apartó el flequillo de los ojos. -Sí, señor.

Lauren se dio la vuelta y se marchó, con sus largas zancadas hacía ondular su negra túnica de maestro.

Simon también era joven para estudiar en la universidad, aunque un par de años mayor que yo. Era más alto que yo, pero todavía tenía una cara y una timidez infantiles.

 𝚂𝚒𝚗 𝚂𝚊𝚗𝚐𝚛𝚎 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora