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Wilson estaba de pie cerca del cuarto de limpieza, su saco bien abotonado y el maletín descansando en su mano derecha. La calma que mostraba externamente contrastaba con la ligera ansiedad que sentía por dentro. No podía evitar sentirse un poco fuera de lugar, esperando a alguien en ese rincón del hospital. 

Cuando Bet apareció caminando por el pasillo, con su habitual expresión impasible.

—Doctor —murmuró Bet, alzando la vista solo un poco, lo suficiente para reconocerlo, pero sin ofrecer más palabras. Wilson le devolvió el saludo con un leve gesto de su cabeza, pero la mujer no hizo el amago de seguir caminando. En lugar de eso, se quedó allí, observándolo.

Wilson comenzó a sentirse incómodo bajo su mirada penetrante, hasta que finalmente se sintió obligado a hablar.

—Estoy esperando a... —empezó a decir, sin saber bien cómo describir la situación. Por alguna razón, se sentía extraño mencionar a House en ese contexto, como si al pronunciar su nombre estuviera admitiendo algo más profundo. Bet seguía mirándolo sin decir una palabra, lo que aumentaba la presión—. House. Dijo que hoy saldría temprano.

La mujer, con su semblante imperturbable, lo corrigió de inmediato, sin siquiera parpadear.

—Hoy trabaja hasta las nueve.

Wilson abrió la boca, dispuesto a responder o quizás a excusarse por el malentendido, cuando House apareció a lo lejos, cargando su mochila y esa bolsa enorme que siempre parecía tener. El alivio fue palpable en el rostro del oncólogo, y sin pensarlo dos veces, se alejó de la mujer para acercarse a House.

—Déjame ayudarte con eso —dijo Wilson, tomando la bolsa sin esperar respuesta.

House lo miró de reojo, pero no protestó. Quizás el peso de la bolsa, o el simple hecho de que Wilson estuviera allí, hizo que aceptara el gesto sin sus habituales comentarios sarcásticos. Mientras caminaban juntos por el pasillo, Wilson le decía algo en voz baja, probablemente alguna broma. House respondió con una leve inclinación de su cabeza, sin perder su habitual aire de indiferencia.

Desde su posición, Bet los observaba con la misma calma con la que siempre analizaba a las personas. No se le escapaban los pequeños detalles: la forma en que Wilson se inclinaba ligeramente hacia House, o cómo el omega permitía esa cercanía sin su usual resistencia. No había muchas palabras entre ellos, pero sus gestos hablaban más que cualquier conversación.

Bet los siguió con la mirada, meditando sobre lo que eso podría significar. Parecían una pareja, al menos en ciertos momentos, pero el anillo en la mano del doctor era un recordatorio de que las cosas no eran tan simples como parecían.



House y Wilson avanzaban por el supermercado, el eco de sus pasos acompañaba las luces blancas que iluminaban los interminables pasillos de productos. Wilson llevaba el carrito, mientras que House, con su expresión habitual de aburrimiento, se quejaba de las "ofertas ridículas" que en realidad lo eran. Cualquiera que los viera podría haberlos confundido con un matrimonio de años, agotado pero acostumbrado a la rutina de las compras semanales.

—Si compras cuarenta latas de sopa de tomate, quizás sería una oferta —comentó Wilson, su voz entre divertida y sarcástica, tratando de mantener el ánimo mientras empujaba el carrito.

House soltó un suspiro exagerado, el tipo de suspiro que uno da cuando está atrapado en una situación que le parece absurda.

—Si tuviera un refrigerador más grande... o cinco hijos.

Las palabras salieron sin pensar, pero Wilson se quedó quieto por un momento, como si ese comentario hubiera dejado una semilla plantada en su mente. Hijos. Esa palabra resonaba en lo profundo de su instinto alfa. Cachorros. Por un breve momento, la idea de House embarazado, con un pequeño  creciendo dentro de él, invadió sus pensamientos. Y para su sorpresa, no le sonaba tan mal. De hecho, había algo reconfortante en la idea de que, si llegara a suceder, sería por él.

DiagnósticoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora