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House esperó a que sus siluetas desaparecieran tras la puerta antes de girarse lentamente hacia Wilson, apoyando el peso en su bastón con una sonrisa ladeada, de esas que siempre significaban problemas.

—Deberías cerrar las persianas —sugirió con fingida indiferencia, sus dedos tamborileando sobre el mango del bastón.

Wilson arqueó una ceja sin levantar la vista de los expedientes.

—¿Para qué?

House se encogió de hombros, dando unos pasos hasta quedar justo a espaldas del alfa, lo suficientemente cerca para que su aliento rozara la piel de su cuello.

—Porque si lo haces, podríamos negociar un pequeño intercambio. Ya sabes, tú me devuelves mi Vicodin... y yo... —House bajó la voz hasta convertirla en un murmullo ronco— lo haré con la boca.

El simple tono con el que lo dijo, acompañado de esa cercanía descarada, hizo que Wilson sintiera un tirón en su vientre. Cerró los ojos un instante, como si así pudiera evitar la tentación. No era la primera vez que House intentaba algo así. No sería la última. Pero el omega nunca iba tan lejos... ¿O sí?

Wilson exhaló pesadamente, sus dedos crispándose sobre el escritorio. House notó la duda en sus hombros tensos y sonrió con autosuficiencia.

—Lo hicimos una vez en el trabajo, no significa que sea prudente repetirlo —gruñó el alfa, pero sus palabras carecían de convicción.

—Nunca he sido un hombre prudente —replicó House, con ese tono que siempre lograba meterlo en problemas. Pasó la punta de su lengua por sus labios antes de añadir, con una sonrisa traviesa—. ¿Sabes? He perfeccionado la técnica.

Wilson maldijo internamente. Se dio cuenta de que era un desastre de alfa porque no solo estaba considerando la propuesta, sino que ya se estaba desabrochando la bata con un gesto frustrado. Caminó hasta la puerta, asegurándola con el seguro, luego se tomó un momento para cerrar las persianas de las ventanas con dedos temblorosos. Tenían algo de tiempo. Nadie los molestaría.

—Solo la mitad del frasco —aclaró, con una voz que pretendía ser firme pero que traicionaba su anticipación.

House dejó escapar una carcajada baja.

—Por favor... yo valgo más que eso.

Se arrodilló con la naturalidad de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Wilson sintió una punzada de celos al ver lo fluido que era House en cada movimiento.

No era la primera vez que lo hacía.

House había sido un libertino en la universidad, de eso no cabía duda. Milagro que no hubiera terminado con alguna enfermedad de transmisión sexual... o embarazado.

Wilson no quería pensar en los otros hombres. Solo en el omega que ahora le desabrochaba el pantalón con una facilidad insultante. Su boca... maldita sea. House era bueno. Demasiado bueno. Demasiado experimentado. El alfa cerró los ojos, su cabeza cayendo hacia atrás mientras el placer recorría su cuerpo como un relámpago.

House lo sintió. Sintió cómo Wilson se aferraba a los bordes del escritorio, cómo su respiración se volvía errática. Pero lo que realmente lo dejó en vilo fue el cambio en su olor. El alfa exudaba algo más oscuro, algo primitivo que le hizo tambalearse levemente, su instinto omega despertando como una alarma. Su nuca quedó expuesta, la necesidad de aferrarse al alfa casi involuntaria.

Wilson lo notó. Y le gustó.

—Mierda... —masculló entre dientes, sintiendo cómo se acercaba al clímax.

Cuando llegó, lo hizo con un gemido gutural. House tosió, sorprendido por la cantidad, pero antes de que pudiera reaccionar, Wilson habló. Su voz no era la de siempre. Era más profunda. Más pesada.

DiagnósticoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora