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Wilson llegó al hospital con un bostezo disimulado, cubriéndose la boca con la mano antes de estirarse sutilmente. House caminaba a su lado, con una expresión menos fresca, mucho más cargada de cansancio. Pasaron primero por la cafetería, el aroma a café fuerte impregnando el aire, aunque no hizo nada por mejorar el humor de House.

Podía quejarse. Tenía derecho. Dormir en un sofá ya era bastante malo, pero hacerlo después de una noche como la que tuvo... bueno, su espalda le recordaba que no tenía veinte años para recuperarse como antes. Suspiró con fastidio. Wilson, por otro lado, parecía el menos afectado, y eso que anoche fue él quien se rehusó a ir a su casa, terminando por disfrutarlo demasiado. House lo miró de reojo y se irritó al notar la ligera sonrisa en su rostro, esa maldita expresión de autosatisfacción que delataba todo.

—Podrías dejar de sonreír como idiota. Se nota que tuviste sexo anoche —bufó House, acelerando el paso con su bastón.

Wilson, sin perder su aire de suficiencia, tomó un sorbo de su café antes de contestar con ese tono petulante que tanto le gustaba usar cuando sabía que tenía ventaja.

—No creo que seas el único, House.

House soltó una risa seca, fingiendo que no le importaba, pero la verdad era que sí lo hacía. Apretó el bastón con más fuerza y ladeó la cabeza con una mueca.

—Ja. Déjame decirte que el que tiene ahora dolor soy yo. Y de por sí ya tengo un bastón, no necesitaba otra razón para cojear más de la cuenta.

Wilson arqueó una ceja con diversión, pero antes de que pudiera responder, House se detuvo y sacó su frasco de Vicodin. Estaba por sacar un par cuando una mano firme se lo arrebató de golpe. House parpadeó, aturdido por un segundo, y luego fulminó a Wilson con la mirada.

—¿No es demasiado? —preguntó Wilson, mirándolo con esa expresión clínicamente analítica, como si House fuera solo otro paciente más.

House frunció el ceño, listo para soltar una réplica afilada, pero el ambiente cambió. Algo en el aire se tensó. Era sutil, casi imperceptible, pero su biología reaccionó antes de que su mente pudiera racionalizarlo. Vio el ligero cambio en los ojos de Wilson, la forma en que su postura se volvió más firme, más posesiva.

Maldita sea.

—Dámelo —ordenó Wilson, su voz baja pero firme.

Y House... se quedó inmóvil. Maldita biología de mierda. Su instinto reconoció la autoridad del alfa, y peor aún, lo reconoció a él como su protector. Un efecto secundario de haber dejado que Wilson se corriera dentro de él. Su cuerpo lo marcaba como un potencial futuro padre de sus cachorros, aunque, gracias a Dios, eso no podía ocurrir. Su tratamiento inmunológico lo impedía, pero su instinto no lo sabía.

Mierda.

Wilson le quitó el frasco con facilidad, como si se tratara de un niño al que se le quita un caramelo. House lo observó con una mezcla de incredulidad y rabia contenida.

—Puede que tome demasiados, pero es mi pierna la que tiene una agenda ocupada. Devuélvemelos —dijo House, intentando sonar serio, pero sin poder mirarlo directamente a los ojos. Su modo sumiso se había activado, y odiaba cada segundo de ello.

Wilson guardó el frasco en el bolsillo de su saco con una expresión que rozaba la condescendencia.

—Te daré la cantidad que necesites, a tus horas. Ven a mi oficina.

House entrecerró los ojos, queriendo soltar un comentario ácido, pero cuando sus miradas se encontraron, algo lo detuvo. La intensidad en los ojos de Wilson, esa jodida determinación, lo hizo tragar saliva. No se atrevió. Mierda.

DiagnósticoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora