Las persianas estaban corridas, la penumbra llenaba la habitación con una calidez sofocante. El consultorio de Wilson se había transformado en un refugio donde el mundo exterior no existía, donde las reglas y la moralidad se desdibujaban con cada roce de piel, con cada jadeo contenido entre labios mordidos.
Wilson no tardó en deshacerse de los pantalones de House, deslizándolos con una precisión casi quirúrgica, como si cada segundo fuera valioso, como si su cuerpo supiera que esto era un pecado, pero su instinto alfa se negara a detenerse. House, recostado contra el sofá, lo observaba con una sonrisa torcida, los ojos entrecerrados por el deseo, los labios entreabiertos dejando escapar una respiración pesada. Le gustaba esto, le gustaba la sensación de estar atrapado bajo Wilson, sentir su calor irradiar contra su piel, el contraste entre la dulzura con la que lo tocaba y la firmeza con la que lo reclamaba.
Wilson era lento, preciso, como si cada caricia estuviera calculada para provocar el mayor placer. Sus manos recorrieron la cadera del omega, sus dedos delineando cada hueso prominente. Y ahí estaba el recordatorio que intentaba ignorar: House seguía bajando de peso. Su piel se sentía más fina bajo sus manos, su cuerpo un poco más frágil de lo que debería ser. Sus resultados estaban por llegar, y la posibilidad de tener que cambiar el tratamiento lo atravesó como una descarga eléctrica.
Pero entonces sintió un aroma que lo llamó de vuelta, un reclamo punzante, exigiendo su atención.
—Concéntrate —la voz ronca de House lo sacudió. Una mano firme se hundió en su cabello, tirando con fuerza justo en la cantidad precisa de dolor que hacía que Wilson sintiera su sangre hervir. Miró al omega, y ahí estaba: su expresión desafiante, el azul intenso de sus ojos nublados por el deseo, las mejillas sonrojadas por la expectativa. House sabía que su mente se había ido a otro lado, y no lo iba a permitir.
Wilson no necesitó más indicaciones. Se hundió en él con un gemido ahogado, sintiendo cómo el cuerpo de House lo recibía con una calidez que lo hizo temblar. Era tan acogedor, tan perfecto, que una parte de su cerebro no pudo evitar la comparación cruel: era mucho mejor que hacerlo con Sam. Con ella era mecánico, un deber vacío. Con House... con House era un vicio. Un pecado disfrazado de placer, una dulce condena.
El omega arqueó la espalda, sus uñas se clavaron en la piel de los hombros de Wilson, dejando marcas que desaparecerían en horas, pero que en ese momento se sentían como un recordatorio de que esto era real. El ritmo fue pausado al principio, pero la necesidad los consumió pronto. House jadeó contra su oído, su voz ronca y cargada de un deseo crudo.
Wilson aceleró, perdiéndose en la sensación de ese cuerpo apretado a su alrededor, en la forma en que House lo incitaba con cada gemido entrecortado. Su aroma se intensificó en la habitación cerrada, mezclándose con el suyo, creando un espacio donde solo existían ellos dos.
El clímax lo golpeó con una fuerza que casi le robó el aliento, y en el último instante, se retiró, derramándose sobre el abdomen de House con un gruñido ronco. Su respiración era errática, sus músculos aún tensos por el éxtasis. House lo miró entre sus pestañas, cubriéndose levemente el rostro con un brazo mientras recuperaba el aliento. Su piel aún hormigueaba por la sensación de plenitud que solo un alfa podía darle, un eco biológico que su mente despreciaba, pero que su cuerpo celebraba con un estremecimiento perezoso. Quería decirle que no tenía que retirarse, que le gustaba sentirlo dentro, que su biología omega lo ansiaba de una manera tan instintiva como frustrante. Pero si lo decía, Wilson se lo tomaría como una victoria, como una excusa para alimentar su ego de alfa. Así que House simplemente sonrió, con la burla en la mirada y el deseo aún latente en su cuerpo.
Wilson no dijo nada al principio. Sus ojos recorrieron la escena frente a él: House, con la piel sudorosa, el pecho subiendo y bajando rápidamente, su abdomen manchado de blanco. Era una imagen demasiado íntima, demasiado vulnerable... y sin embargo, House sonrió, una de esas sonrisas suyas cargadas de burla y algo más que Wilson no quería analizar demasiado.
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Diagnóstico
Fiksi PenggemarGregory House, un brillante pero infame diagnósta omega de Nueva York, descubre que tiene cáncer. Esto lo lleva a buscar al mejor oncólogo, el Dr. James Wilson, en el hospital Princeton-Plainsboro. Wilson, un alfa casado, se ve atrapado entre su vid...
