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Wilson suspiró mientras enjuagaba los platos, el agua caliente resbalando entre sus dedos. El vapor nublaba ligeramente la ventana frente a él, y por un momento solo se concentró en el ruido del agua cayendo, en la sensación repetitiva de frotar y enjuagar, como si eso pudiera lavar también el peso en su pecho. Cerró el grifo lentamente, dejó el último plato a secar y se inclinó contra el fregadero, cerrando los ojos.

—¿Pasa algo, cariño? —la voz dulce de Sam lo sacó de su ensimismamiento, y el calor de su cuerpo pegándose a su espalda le produjo un escalofrío. Sus manos suaves se deslizaron por su torso, rodeándolo con un gesto que debería haber sido reconfortante.

Wilson se obligó a relajar los hombros, a sonreír aunque no la mirara.

—Nada —respondió, aunque su voz sonó hueca hasta para él.

Sam apoyó la barbilla en su hombro, frotando su mejilla contra él, su aliento cálido acariciándole la piel.

—Has estado distante últimamente... —susurró, sus labios rozando el lóbulo de su oreja con precisión quirúrgica. Sus dedos se movieron sobre su pecho con lentitud, tanteando, midiendo la respuesta de su cuerpo.

Wilson tragó saliva.

—Solo he estado ocupado.

Sam dejó escapar un murmullo entre burlón y comprensivo, apretándose más contra él.

—Mm... claro. Trabajando hasta tarde, llegando a casa oliendo a hospital, con la cabeza en otra parte... —Su voz descendió una octava, más grave, más íntima—. Debe ser difícil, con tanto trabajo, tantas responsabilidades... tantas distracciones.

Wilson se tensó. Sus dedos se aferraron al borde del fregadero, sintiendo un espasmo de pánico recorrerle la espalda. Pero Sam no se apartó. Su risa suave lo desarmó aún más.

—Tranquilo, Jimmy... no estoy enojada —susurró, girándolo lentamente para mirarlo a los ojos. Su expresión era suave, dulce, pero sus ojos... sus ojos no tenían brillo. No había furia, ni celos. Solo un vacío inquietante—. Sé cómo es. A veces... uno necesita un escape, ¿verdad?

Wilson sintió que se le helaba el estómago. No era una pregunta. Sam lo miraba con algo parecido a la comprensión, aunque la curva de sus labios delataba una satisfacción enfermiza. Se inclinó más cerca, dejando que su aliento tibio rozara su cuello.

—Yo también lo he sentido —continuó, y Wilson pudo sentir su corazón martillándole el pecho—. A veces, cuando me quedo sola en casa... cuando te espero y no llegas...

Sus dedos se deslizaron por su abdomen con una presión casi imperceptible. Wilson sintió una descarga de adrenalina atravesarlo.

—Sam... —Intentó apartarse, pero ella lo detuvo con facilidad, envolviéndolo en una caricia hábil, firme, como si ya hubiera previsto su resistencia.

—Shhh... —Sam sonrió contra su piel, besando la línea de su mandíbula, bajando lentamente. Sabía lo que hacía. Sabía qué ritmo tomar, dónde tocar, qué susurros dejar caer para despertar algo en él—. Sigues siendo mi esposo, Jimmy... no me dejes fuera.

Wilson sintió su garganta cerrarse. Sus manos se cerraron en puños, pero no pudo moverse. Sam sabía lo que hacía. Podía no ser una omega, pero había estado con un alfa el tiempo suficiente para conocer cada matiz de su deseo, para saber qué ángulos lo hacían temblar, qué presión aplicar, cuándo mantener la voz baja y cuándo exhalar cerca de su oído.

Wilson no quería. Pero su cuerpo reaccionó antes que su mente, una traición silenciosa que lo hizo odiarse en ese instante.

Sam sonrió, sintiéndolo.

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