Wilson sostuvo las llaves en su mano, girándolas con lentitud entre los dedos, como si el peso del metal pudiera retrasar lo inevitable. Eran apenas las ocho de la noche, no era tarde. No tenía una excusa válida para quedarse en el auto ni para dar otra vuelta a la manzana. Finalmente, con un suspiro pesado, se obligó a salir y caminar hasta la puerta de su casa.
Al entrar, el aire en la sala estaba denso, con una carga invisible que se le pegó a la piel antes incluso de que su esposa hablara. Sam estaba sentada en el sofá, las piernas cruzadas, un vaso en la mano, y la mirada fija en él con una expresión vacía, carente de emoción, pero llena de algo mucho más peligroso.
Wilson tragó saliva.
El chisme del supermercado se había esparcido rápido, como un virus. Sam le dio un sorbo lento al ron ámbar que tenía entre los dedos, la luz de la lámpara reflejándose en el cristal del vaso. No desvió la vista de él ni una sola vez, como si estuviera analizando cada músculo de su rostro, cada resquicio de culpa.
—Tres noches seguidas —murmuró ella, con un tono suave, casi indiferente—. Antes, al menos, me llamabas.
Wilson apartó la vista, fingiendo estar interesado en cualquier otra cosa: el abrigo colgado en la percha, los zapatos alineados junto a la puerta, la botella abierta en la mesa de centro.
—El trabajo ha sido... algo pesado —respondió, forzando una normalidad que ninguno de los dos creyó.
Sam dejó escapar una risa corta, más un susurro irónico que una verdadera respuesta. Dio un último sorbo al vaso antes de levantarse con una calma que se sintió calculada.
—Bien —dijo mientras se acercaba a la mesa para dejar el cristal vacío—. La próxima vez, llámame.
El tono pretendía ser dulce, pero el vacío en sus palabras se sentía como una grieta abierta en el suelo entre ellos. Wilson la observó mientras tomaba la botella y la guardaba en la alacena con la misma parsimonia con la que le estaba destrozando.
—El trabajo debe ser interesante —continuó ella, sin mirarlo esta vez—. Creí que era algo más definido, pero parece que últimamente te abres a nuevas fronteras.
Wilson sintió la punzada de la acusación disfrazada, la daga deslizándose entre sus costillas sin necesidad de elevar la voz.
No respondió.
No tenía nada que decir que no fuera una mentira.
Sam se giró hacia él con una media sonrisa y avanzó con la misma seguridad con la que había hablado. Le tomó la camisa con delicadeza, tirando apenas de él para unir sus labios en un beso que debió sentirse familiar. Pero en su boca no había calor ni amor, solo la presión calculada de una rutina marchita.
Cuando se separó, su sonrisa seguía allí, cálida en apariencia, pero sus ojos... sus ojos estaban vacíos.
Wilson sintió un nudo en el estómago, un malestar agrio que se esparció por su pecho. Preferiría una pelea. Preferiría que Sam le gritara, que le reprochara, que arrojara el vaso contra la pared. Preferiría los días en los que discutían por tonterías, porque él olvidaba arreglar la lavadora o porque la cena no tenía suficiente sal. Pero esto... esto era mucho peor.
—Cariño —murmuró Sam, dándole dos palmadas suaves en el pecho, casi como una despedida—. Espero verte más seguido. No olvides que esta sigue siendo tu casa.
Wilson asintió en silencio, sin saber qué responder.
Ella se dio la vuelta y subió las escaleras con la misma elegancia con la que había manejado toda la conversación, dejándolo allí, en medio de la sala, con el eco de sus palabras y el peso de su propia culpa hundiéndose en su espalda.
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Diagnóstico
FanfictionGregory House, un brillante pero infame diagnósta omega de Nueva York, descubre que tiene cáncer. Esto lo lleva a buscar al mejor oncólogo, el Dr. James Wilson, en el hospital Princeton-Plainsboro. Wilson, un alfa casado, se ve atrapado entre su vid...
