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La noche en el Princeton-Plainsboro era un animal perezoso, deslizándose por los pasillos con el eco de pasos apresurados y monitores titilantes. House, conserje por título, pero entrometido por vocación, recorría las habitaciones con su andar cojo y una mueca de aburrimiento pintada en la cara. Empujaba la cubeta con un pie y se inclinaba sobre cada camilla, hojeando los folders de los pacientes con la displicencia de quien hojea una revista en la sala de espera.

—Fractura de cadera, insuficiencia renal, ataque al corazón... ¡Vamos, denme algo con más chispa! —murmuró, desechando otro expediente con una mueca de decepción.

No buscaba nada en particular. No tenía el tiempo ni las ganas de resolver acertijos médicos cuando su propio cuerpo ya le había lanzado el peor de todos. Pero, por lo menos, algo debía hacer para no morir de tedio entre el olor a desinfectante y el reflejo de las luces en el piso recién trapeado.

Entonces, un golpe en el hombro. No demasiado fuerte, pero suficiente para que su cuerpo se inclinara levemente hacia un lado. House giró la cabeza con lentitud, listo para soltar algún comentario mordaz sobre la agresión injustificada.

Tez oscura, aroma inconfundible de omega, y un rostro familiar. Ah, sí. Aquel doctor al que el rubiecito de Cirugía General había intentado seducir con el encanto soso de un cachorro desesperado. House entrecerró los ojos, analizando los detalles. No llevaba gafete, y su bata tenía un ajuste ligeramente extraño en los hombros. No era suya.

—Qué interesante —murmuró para sí mismo, fingiendo volver a su rol de conserje desinteresado mientras lo veía avanzar con pasos veloces pero calculados. No corría, pero tampoco caminaba con la tranquilidad de alguien que pertenece al lugar.

House lo siguió.

El médico avanzó hasta una habitación en penumbra. Dentro, una mujer yacía en la cama, su respiración pausada, su rostro relajado como si solo estuviera descansando. Pero el omega no se acercó a ella con la calma de un doctor revisando a su paciente. No. Miró el folder médico con urgencia, echando vistazos rápidos a los lados, como un ladrón que revisa la caja fuerte de una casa ajena. Sus manos sacaron un celular del bolsillo y marcaron un número.

—Estoy llevando a la paciente. Alista la ambulancia.

House levantó una ceja. Así que no era un visitante preocupado ni un médico de guardia. Era un secuestrador de pacientes, probablemente de otro hospital. Quizás querían transferirla sin permiso o llevársela por razones mucho menos nobles. De cualquier modo, no podía dejar que hiciera algo tan clandestino sin antes divertirse un poco.

House empujó la puerta con el hombro y entró con la despreocupación de un conserje que hacía su rutina nocturna.

—¡Oh, vaya! Parece que alguien se perdió —canturreó, paseando la mirada entre la paciente y el médico omega.

El doctor se tensó de inmediato, girándose hacia él con el celular aún en la mano.

—No es asunto tuyo. Vuelve a lo tuyo —le espetó, con la hostilidad de quien no tiene tiempo para distracciones.

—Oh, pero todo en este hospital es mi asunto —respondió House, inclinándose sobre la cubeta de limpieza y sacando una de las botellas de desinfectante—. ¿Sabías que este producto puede dejar el suelo peligrosamente resbaladizo? Muy útil en caso de que alguien esté... ¿cómo decirlo? Apurado en irse sin ser visto.

El omega frunció el ceño, dando un paso atrás con impaciencia.

—Déjame en paz, no tienes idea de lo que estás interrumpiendo.

—Ah, pero tengo una teoría —dijo House, acercándose con un exagerado ademán de conspiración—. Tú no trabajas aquí, y esa bata te queda como si la hubieras tomado prestada de alguien más. Si tuviera que apostar, diría que estás haciendo algo que no quieres que nadie sepa.

DiagnósticoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora