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House se arrastró hasta el vestíbulo con una mueca de fastidio. Había estado disfrutando de su novela, perfectamente acomodado en el sofá con una cerveza en la mano, y el sonido del timbre era la última interrupción que deseaba.

—Wilson... —gruñó mientras abría la puerta—. Te dije que respetaras los días que te tocan con tu esposa.


Las palabras murieron en su garganta en cuanto percibió el aire espeso que lo golpeó de lleno. No era solo la presencia de Wilson lo que llenaba el umbral, sino el aroma agrio y denso que se derramaba de él, cargado de tensión y ansiedad contenida. House entrecerró los ojos, su instinto afilado reconociendo al instante lo que pasaba. Wilson no estaba bien.



El alfa se mantenía rígido, los labios apretados en una línea tensa, sus ojos oscuros opacados por un cansancio que no solo era físico. House sintió un tirón en el pecho, un impulso primario que lo hizo reaccionar antes de que pudiera detenerse. Sin pensar, dejó caer su propia barrera y liberó feromonas. Su aroma fresco y especiado se mezcló con el del alfa, envolviéndolo con una calidez embriagadora.



Wilson tembló apenas antes de dar un paso adelante, cerrando la distancia entre ellos con una urgencia muda. No pidió permiso, nunca lo hacía cuando llegaba así. Simplemente se inclinó y escondió el rostro en la curva del cuello de House, inspirando hondo como si de ello dependiera su estabilidad. Sus manos grandes descendieron con firmeza hasta la cintura del omega, aferrándolo como si fuera un ancla.



House dejó escapar un suspiro, ladeando la cabeza para darle más acceso, para permitir que Wilson se perdiera en su aroma. Su cuerpo reconocía el peso del alfa, la manera en que lo sostenía con esa desesperación contenida, la forma en que sus dedos se cerraban en su ropa como si tuviera miedo de que desapareciera.

Sin soltarlo, House se apoyó más en la pared cuando Wilson lo empujó contra ella con la urgencia de alguien que necesitaba olvidar. House sintió el golpe seco de su bastón cayendo al suelo, pero no le importó. Su piel se erizó al instante cuando los labios del alfa se deslizaron por su cuello, dejando besos ásperos, desesperados, necesitados.

—Dios... —murmuró Wilson contra su piel, su aliento cálido deslizándose sobre el punto en que su mandíbula y su cuello se encontraban—. Necesito esto.

House rió suavemente, aunque su voz tembló cuando Wilson presionó su cuerpo contra el suyo, haciéndole sentir el calor contenido entre sus piernas.

—Qué romántico —susurró, pero su tono sarcástico se desvaneció en un jadeo cuando las manos de Wilson se colaron bajo su camisa, arrastrando los dedos por su piel con una lentitud deliberada.

El alfa se tomó su tiempo explorando, recorriendo la curva de su cintura, sus costillas, la línea tensa de su abdomen. House arqueó la espalda con un escalofrío cuando los dedos de Wilson trazaron círculos ligeros justo debajo de su ombligo, provocándolo. Su olor se intensificó, su cuerpo reaccionando al instinto, al roce, a la manera en que Wilson lo tocaba con esa mezcla de devoción y desesperación.

—Maldito seas... —susurró House, enredando los dedos en el cabello del alfa, jalándolo con la misma intensidad con la que Wilson lo sostenía.

Los labios del alfa descendieron por su cuello, mordiendo y besando con una necesidad primitiva. House tembló cuando sintió una lengua tibia delinear la marca que aún no existía en su piel, la promesa tácita de algo que nunca nombraban, pero que siempre estaba presente entre ellos.

DiagnósticoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora