LA BÚSQUEDA DEL TESORO

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                      Se despertó a las diez de la mañana. No sabía muy bien que podía hacer a parte de esperar a que Richard Daniels pasara a buscarla. Bajó a la cocina y se preparó un café bien cargado. Se llevó la taza al despacho de su abuelo, tal vez entre sus papeles podría encontrar algún indicio de por qué quisieron acabar con él. Observó la bahía que unía Newport con Conanicut desde el ventanal del despacho. Era una imagen agradable y apacible.

Con todos los problemas que había tenido en New York había descuidado su correo electrónico, pensó que era un buen momento de revisarlo y ponerlo al día. Encendió el ordenador y accedió a su correo. Incapaz de moverse, se quedó paralizada, con la vista fija en la pantalla. Descubrió un mensaje enviado por su abuelo días antes de su muerte. No se atrevía a abrirlo. El sonido del teléfono le sobresaltó. Escuchó la voz de Richard Daniels al otro lado del auricular.

-¿Christine?

-Sí.

-Le llamo para saber a qué hora puedo pasar a recogerla para  comenzar con el inventario.

-Estaré preparada en... media hora.

-De acuerdo. Pasaré entonces.

Cuando colgó el teléfono se tomó la taza de café y apagó el ordenador, dejaría para más tarde el correo de su abuelo. Mientras se duchaba pensó en Richard Daniels. Era un hombre apuesto. Se preguntaba si tendría familia, mujer e hijos que lo esperaran cada noche en casa. Sintió lástima por sí misma. A ella nunca la esperaba nadie. Salió de la ducha y buscó entre su ropa, no había traído mucha y se entretuvo pensando qué ponerse. Nunca se había preocupado mucho de su aspecto y sin embargo ahora, echaba de menos disponer de más ropa. Al fin se decidió por unos vaqueros y una blusa color salmón. Cuando acabó de prepararse bajó y miró por la ventana de la cocina esperando ver llegar al policía, pero para su sorpresa se encontraba en el porche de sus vecinos hablando con Ben y Mizy. Cogió el bolso y salió en su busca. Saludó con la mano a sus vecinos mientras Richard Daniels se acercaba a ella para llevarla a la avenida Narragansett donde se encontraba la tienda de Sam Shepard.

-El médico forense se ha puesto en contacto conmigo para comunicarme que mañana podrá disponer del cuerpo de su abuelo para el funeral.

-Gracias.

Al llegar vieron la cinta policial. Richard Daniels quitó la cinta y sacó una llave para abrir la puerta. Él entró primero, ella se detuvo en el umbral, cerró los ojos e inspiró profundamente el peculiar aroma que tantos y tan entrañables recuerdos le traían a la memoria.

-¿Se encuentra bien?

-Sí. Tan sólo... recordaba.

-Comprendo.

Christine se dirigió a la parte trasera de la tienda donde se hallaban el despacho y el taller de restauración. Encendió el ordenador y buscó los archivos de inventariado y dataciones de todos los objetos. Imprimió una relación de los objetos y se dispuso a ubicarlos por la tienda con la inexperta ayuda de Daniels. Comenzaron por las cosas pequeñas tales como un costurero victoriano, un tintero de cristal, una delicada miniatura representando a una dama de época y algunos abanicos cantoneses. Después de una hora John Wesley se acercó a la tienda a buscar a su compañero. Tenían una llamada del Anatómico Forense desde donde les requerían para darles información sobre el caso Shepard. Wesley cogió del mostrador un antiguo joyero de porcelana que a punto estuvo de caerse de sus manos. Su compañero le miró con gesto serio.

- Yo que tu dejaría eso donde estaba.

John Wesley sonrió haciendo caso omiso de sus advertencias.

-Si lo rompes no creo que puedas pagarlo con tu sueldo.

LA FIGURA CHINADonde viven las historias. Descúbrelo ahora