V E I N T I S E I S

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El viernes amaneció con esa clase de quietud sospechosa que suele preceder a las catástrofes naturales o a las decisiones emocionales de las que te arrepientes durante el resto de la década. Mis padres se habían marchado a Dallas temprano, oficialmente para la revisión médica anual de mi padre, pero todos en la familia sabíamos que "revisión médica" era el código Miller para "vamos a pagar una suite ridículamente cara, pedir servicio a la habitación y comportarnos como recién casados en celo".

A veces, ver a mis padres era agotador. Eran como una valla publicitaria andante de un amor inquebrantable que el resto de nosotros simplemente no podíamos comprar. Habían pasado décadas y mi padre todavía miraba a mi madre como si ella hubiera inventado el concepto del agua oxigenada y el sol. Era una pasión que no se apagaba, una rutina que nunca llegó a ser aburrida. De niña, yo quería eso. De adulta, me di cuenta de que aspirar a un amor así era como intentar ganar la lotería sin haber comprado un boleto: estadísticamente imposible y emocionalmente frustrante. Especialmente para alguien como yo, que tenía la tendencia de levantar muros de hormigón armado en cuanto alguien se acercaba demasiado con una pala.

Me pasé la mañana fingiendo que trabajaba, pero mi atención estaba en cualquier parte menos en mi computadora. Estaba demasiado consciente de que Christopher estaba en algún lugar de la casa, probablemente luciendo ofensivamente guapo mientras hacía cosas mundanas como existir.

—Olivia, si sigues mirando esa pantalla sin parpadear, se te van a secar las córneas.

Me sobresalté, cerrando la laptop de golpe. Chris estaba apoyado en el marco de la puerta de la cocina, con esa sonrisa de lado que siempre me hacía querer golpearlo o besarlo, o quizás ambas cosas en un orden confuso. Llevaba ropa de montar, y juro que el hombre debería tener prohibido usar pantalones tan ajustados. Es una violación de los derechos humanos básicos para cualquier mujer con pulso.

—Estaba analizando unos datos —mentí, cruzando los brazos sobre mi pecho—. Quede de ayudar, mientras este aquí.

Él avanzando hacia mí con esa confianza perezosa de un atleta que sabe exactamente cuánto espacio ocupa en el mundo.

— Bueno y... ¿La analista de datos no quiere salir a cabalgar? Hace demasiado buen tiempo para que te quedes aquí analizando datos aburridos.

No pude decirle que no. Principalmente porque el aire en la casa se sentía demasiado espeso cada vez que estábamos en la misma habitación, y la idea de galopar a toda velocidad parecía la única forma de soltar la presión que se acumulaba en mis pulmones.

Pasamos la tarde en los viñedos. Fue... perfecto. Esa es la palabra que odio usar porque suena a cuento de hadas, pero no había otra forma de describirlo. Chris me hacía reír de esa manera que te hace doler el estómago, bromeando sobre su falta de habilidades agrícolas y sobre cómo, si el fútbol fallaba, definitivamente no tendría futuro como viticultor. Galopamos entre las hileras de vides, el viento golpeándonos la cara y el olor a tierra y hojas llenándolo todo.

Amo la ciudad, amo el caos de la civilización y tener un Starbucks en cada esquina, pero el campo tiene una forma cruel y hermosa de recordarte que eres insignificante. En medio de la inmensidad de las hectáreas, bajo un cielo que no se acaba nunca, te das cuenta de que tus problemas —tus miedos al compromiso, tus traumas laborales, tu atracción por el hombre que no deberías tocar— son solo ruido de fondo. Es un sentimiento ensimismado, casi existencialista. Me hacía sentir pequeña, y por una vez, me gustaba no ser el centro de mi propio universo.

Cuando el sol comenzó a hundirse, pintando el horizonte con tonos de un naranja tan violento que parecía una herida, regresamos a las caballerizas. Estábamos cansados, con los músculos protestando por el esfuerzo, pero había una relajación en mis hombros que no recordaba haber sentido en meses.

LA FORMA EN QUE TE AMOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora