En un Madrid lleno de misterio, el dolor de una ruptura amorosa despierta en Carlota un don extraordinario: la empatía. Cuando conoce a Adrián, un joven enigmático con el poder de ver el futuro, su vida da un giro inesperado. Juntos, se embarcan en...
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Kaya salía todas las mañanas del metro de Plaza de Castilla, enfrentándose a las frías corrientes de aire de ese otoño que ya amenazaba con convertirse en invierno. Enfundada en sus botas y medias de colores, y con sus vestidos siempre negros, resoplaba ante la perspectiva de un nuevo día agotador. Ese día pensaba en su hermana Gwen y en Carlota. Ojalá pudieran perdonarse la una a la otra el desastre que habían armado con Lucas. Aunque Carlota parecía que poco a poco olvidaba a Lucas, sobre todo desde la llegada de Adrián a su vida.
Kaya salía todas las mañanas del metro de Plaza de Castilla y, todas las mañanas, se cruzaba con la misma gente. Personas que bajaban por Castellana con un café del Faborit de la esquina, personas que subían la calle con uno del Starbucks, un poco más abajo. Siempre la misma gente: aquel chico rubio con prisas, aquella oficinista demasiado arreglada, aquel chico que tenía pinta de bailarín y que iba con sus ropas a la última moda y un periódico bajo el brazo.
Y aquel chico de los cabellos teñidos de rojo.
Era muy guapo, no podía evitar mirarle todos los días, pero creía que él apenas se fijaba en ella. Tenía cierto aire problemático o, quizás, rebelde. Algo en él gritaba al mundo que era diferente y estaba orgulloso de ello. Llevaba siempre un look rockero y, cuando se cruzaban, Kaya acertaba a escuchar la música que salía de sus cascos negros. Un poco de My Chemical Romance, un poco de Red Hot Chili Peppers, un poco de Kings of Leon.
Pero, cada mañana, era tan solo un cruce en el camino y él nunca la miraba. O eso creía ella. Porque lo que ella no sabía era que, al chico de cabellos rojos, una chica de cabello oscuro, ojos azules y rostro menudo le dejaba sin aliento durante unos segundos. Cada mañana se fijaba en sus esotéricas ropas y sus cautivadoras miradas. Y, cada mañana, él, como buen chico duro, solo acertaba a vislumbrarla de reojo.
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Taylor se despertó una vez más en aquella maldita habitación blanca, sintiéndose atrapada y sin escapatoria. Estaba presa entre cuatro paredes frías, con una vía enganchada a sus brazos llenos de moratones y un montón de bandejas de algo parecido a la comida. Llevaba casi dos semanas encerrada, aunque solo una consciente. La agonía del mono distorsionaba el tiempo, haciéndole sentir que el día se alargaba interminablemente.