Capítulo 23

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Toda mi vida había transitado por el sendero de árboles azules y rosas que llevaba de los complejos hasta el Centro, sin embargo, esta vez todo era diferente. El color se había esfumado, el aire era espeso y caluroso, y el ambiente era gélido y cruel, como si una tormenta de tragedias estuviera a punto de dar inicio. Caminaba con pesar escoltada junto con mis dos amigos por un gran grupo de Dorados, y Brian a mi costado sin quitarme la vista de encima; no obstante, a lo único que le prestaba atención era como las hojas marchitas de los árboles caían al unísono de los pasos en el sendero.

Me preguntó cómo sería mi vida si mis padres nunca hubieran muerto; o si el señor Blanc no hubiera incriminado a Conan; o si Brian no hubiera ido a la misión Eclipse; o si Conan no hubiera aparecido en el cumpleaños de Brian. ¿Acaso estaba pagando las consecuencias de sus actos desalmados? Así lo sentía.

Cuando menos lo esperé estábamos subiendo los escalones que guiaban hacia la entrada del Centro, enfrente de las estatuas doradas en conmemoración a mis padres. Las observé deprimida, como una despedida, pero sorprendentemente ninguna lágrima recorrió mis mejillas. Tal vez ese sería mi último vistazo hacia ellos.

Los grandes portones de entrada al Centro se abrieron en cuanto estuvimos a centímetros de distancia a ellos y los Dorados nos guiaron a la misma estancia donde se celebró el cumpleaños de Brian, sin embargo, la única "alma" que se encontraba ahí era Robust Blanc sentado serenamente en un trono dorado casi en el centro de la sala.

Los Dorados se colocaron junto a Bob y Marc en el costado derecho de la estancia, casi pegados a la pared, pero a mi me dejaron sola en el centro, frente al señor Blanc, y pronto también frente a Brian, pues no pasó mucho tiempo para que tomara un lugar a su lado, observándome con la cabeza en alto, pero sin brillo en su mirada.

—No debiste haber regresado, Sarah —mencionó el señor Blanc dedicándome una mirada siniestra mientras juntaba las manos debajo de su toga escarlata—. No sé lo que sabes y nadie jamás lo sabrá, pero ya debes saber lo que sucederá a continuación.

Deseaba escupirle en su maldita cara vieja expresando todo el coraje que guardaba dentro de mi sobre todo lo que sabía de la familia Blanc, sin embargo, aún tenía el silenciador puesto en la boca. Mi silencio sería el triunfo de Robust Blanc, no podía permitir que se saliera con la suya de nuevo, había hecho demasiado daño y tenía que detenerlo, sin importar lo que costará. Tenía que hacer justicia por mis padres.

Di dos pasos firmes hacia él respirando agitadamente con el ceño tan fruncido que apenas podía distinguir las expresiones serenas y crueles de los dos Blanc.

De repente, el señor Blanc se levantó de su trono y tuve que alzar la vista para verlo a los ojos, pues a mi diferencia era muy alto, pero esta vez no deje que me intimidara. Alzó su mano a la altura de mi rostro y la colocó bajo mi mentón, inspeccionándome los ojos con malicia.

—Sarah Gray me dará su testimonio privadamente —Robust Blanc anunció en voz alta hacia los Dorados— y después será llevada a ejecución.

—Señor, para que sea llevada a ejecución debe haber un juicio público y ella solo es...

—Retírense —el señor Blanc interrumpió a Millen, que se notaba su desacuerdo con la decisión del gobernador, pero como todos, nadie podía imponérsele—, es una orden.

Segundos después de que Millen le dedicara una mirada de sospecha a Robust Blanc, hizo una seña con la mano y salió de la estancia con todos los Dorados siguiéndola. Antes de cerrar la puerta me dedicó una media sonrisa reconfortante, como antes lo había hecho, y desapareció tras los portones. Ahora solo quedábamos Bob, Marc, Brian y el gobernador, quien volvió a tomar asiento.

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